A

pagó el televisor, como cada noche. Y, como cada noche lo ayudó a levantarse. Lo condujo por el pasillo hasta el baño. Allí, distribuyó cuidadosamente con sus manos temblorosas una porción suficiente de dentífrico sobre el cepillo de dientes de tono azul y se lo puso en la mano. Esperó pacientemente a que concluyera el cepillado y el enjuague. Lo sentó en el inodoro. Aguardó en el vano de la puerta de espaldas, con innecesario pudor, a que se incorporara y lo acompañó hasta el dormitorio. Como cada noche, lo desvistió y le puso el pijama. Como cada noche le leyó un fragmento de alguno de los relatos que le gustaban. Hoy también tocaba Borges. Como cada noche esperó a verle cerrar los ojos y plegarse como un niño hacia su costado izquierdo, señal inequívoca de que entraba en modo sueño. Y, como cada noche también, le deseó buenas noches y le marcó un beso sobre aquella frente, quebrada de surcos e imágenes en laberinto.

El laberinto estaba bañado, a un tiempo, de oscuridad y luminiscencia. Por él deambulaba a tientas, igual de confundido por la luz que por la sombra. Ciego y encandilado a la vez. Era un laberinto largo y corto, podía recorrerlo en dos pasos o perderse eternamente por interminables vericuetos cuyos límites era incapaz siquiera de entrever. Transitaba por aquel espacio bien solo, bien asaltado por una amalgama de rostros que no se dejaban reconocer. Cuando creía atinar con alguna identidad y acertaba a ponerle nombre, el rostro directamente se desvanecía. O se multiplicaba, se subdividía como en mitosis, a modo de células madre que se alejaban y reagrupaban, antes de desaparecer. Y volvía a quedarse solo. Era un laberinto cálido y frío, sórdido y bullicioso, alto y bajo, de piedra y de aire, de espejos infinitos y de setos recortados. Un laberinto de audible silencio del cual, casual pero regularmente, se destacaba una voz. Una voz que amaba profundamente sin recordar a ciencia cierta por qué, a quién pertenecía o de dónde brotaba. Era un laberinto tan dulce como amargo. Terrible y bello. Lo que se dice un laberinto.

Fuera, ajena a aquella odisea cómodamente recostada en una de las dos sillas que ocupan casi todo el balcón, Rebeca disfruta, como cada noche, de su infusión de frutos del bosque con valeriana. Repasa punto por punto las obligaciones del día que le espera y se detiene a inventariar, con meticulosidad de enfermera, las novedades que tendrá que comunicar al neurólogo esa mañana. Esas novedades serán en realidad su única novedad, el único desajuste en una rutina perfectamente trazada. La ciudad se abre ante ella como un pañuelo inmenso, eclipsado de luna, bordado de esquinas, perfiles y ventanas. A pesar de que siente, ve y oye, de que está comenzando a relajarse mecida por la suave brisa y el espectáculo de las pocas estrellas, le parece que nada tiene sentido, y lo que menos sentido tiene de todo lo que no tiene sentido es esa vida que lleva, ese perseverar absurdo en la abnegación, en la dedicación a un ser extraviado que ya ni es capaz de reconocerla. Pero es su ser. Su amor perenne. Ése al que juró fidelidad ante el altar sólo por jurar, porque ya se lo había jurado a sus propias entrañas el mismo día que se conocieron. Ese ser capaz de elevarla y mantenerla dando giros en el aire sólo con una mirada. Ese ser capaz de llenar todos sus vacíos, y no sólo los del cuerpo, sonríe melancólica, sino más bien los del alma. Ese que ahora duerme en su cama, perdido en quién sabe qué evocaciones. Evocaciones, sí, quimeras y fantasmas. Porque recuerdos no tiene. Y sin recuerdos no hay sueño posible, Tampoco pesadilla, supone y se consuela. Una lágrima autónoma comienza a rodar por su mejilla. Ella se incorpora y se acerca a la baranda, se apoya en el antepecho y se asoma al abismo, hermanándose con ese principio de humedad que anuncia la madrugada. Llora, como cada noche. Y, como cada noche, el pañuelo que era la ciudad se le antoja ahora hondonada, cuenca oscura bañada por su pena. Valle, decía su madre. Tal vez sea eso. Un valle de lágrimas.

De pronto, no hay laberinto. Y eso era el laberinto en su expresión más monstruosa. El laberinto-nada. Porque la nada es también laberinto. Sólo que un laberinto en el que, en lugar de con calles e intersecciones sólidas, hay que bregar con calles e intersecciones de ausencia. Sabe qué amó, que tal vez aún ame, sabe que hubo amistad, deseo, esperanza, odio, nostalgia. Pero algo se ha quebrado, algún eslabón ha perdido la cadena que va de la emoción a la conciencia. Sabe qué, pero no sabe a quién, ni cuándo ni cómo ni dónde, ni tan siquiera por qué o cuánto, ni para qué. Quién, cuándo, cómo, dónde formaban parte del hilo que llevaba atado a su cintura, la pista que había ido componiendo y dejando tras de sí, etapa a etapa a lo largo de su vida, el vínculo entre pasado y futuro que le permitiría regresar desde allí donde quiera que se aventurase. Pero ese hilo se ha roto. Y en el laberinto, sin hilo no eres nadie. Eres nada. Tú eres el laberinto.

Lo levantaba, lo vestía, le daba de comer, lo acercaba al centro de día, lo recogía, le encendía el televisor, lo medicaba, le hablaba, le daba todo el cariño de que era capaz, le gastaba bromas, lo acariciaba, lo masajeaba, lo besaba, le hacía regalos en Navidad, en Reyes, en su día, su cumpleaños, en su aniversario de bodas. Miguel sólo la miraba, con esa mirada perdida de quien busca, pero no sabe encontrar; de pregunta que no espera respuesta; con esa mirada que la hacía sentirse invisible porque no la miraba a ella, era como si mirase detrás. Pero había algo, había ternura, emoción, quizás algo de amor aún en él. Lo sabía cuando lo abrazaba, cuando rozaban su manos y él le apretaba la suya como si no tuviera nada más a lo que aferrarse, cuando sus ojos se cuajaban de lágrimas sin razón aparente. ¿Qué mal era aquél? ¿Cuál de las muchas infamias cometidas por la humanidad había desencadenado semejante castigo? No se imaginaba uno peor, el olvido, la negación de aquello que te mantiene despierto, anclado a la realidad, que te hace persona. Se repondrá. Se pasará las manos por las mejillas y dejará de llorar. Como cada noche, llevará la taza a la cocina y la dejará en el fregadero. Se cepillará los dientes y se irá a la habitación. Se pondrá el camisón y se meterá en la cama. Permanecerá un rato mirando a Miguel, observando como cada noche la conmovedora placidez de su semblante. ¿Y si, al despertar, recordara?, se preguntará ingenuamente una vez más. Susurrará algo tierno, un mi niño y un te quiero dulces, y como cada noche también se fundirá con él en un abrazo, un estrujón profundo y descorazonado.

En el laberinto habrá una explosión de rostros, un sucederse de destellos y apagones. Una barahúnda de insoportables sonidos y cuchicheos de los que emergerá la voz, sólo la voz, esa voz irreconocible que tanto ama. Las calles y los muros ya no serán de piedra, tampoco serán de aire, ni de setos, espejos o nada. Serán caminos y muros de labios, curvas y piel. Y una emoción vendrá a su encuentro. Porque sea lo que sea aquello que devora sus recuerdos, el dios o el demonio que lo tortura, algo se le resiste. Puede borrar nociones, rostros y conocimientos, pero no ternura, emoción, sentimiento. No recuerda, pero siente. Como cada noche, creerá vislumbrar una salida. Rozará la piel, besará los labios y perfilará las curvas con sus dedos, abrazando con todas sus fuerzas aquella versión cálida de su maraña. Luego olvidará. Después olvidará que ha olvidado. Pero no dejará de apretar. Rebeca, medio dormida, sentirá cómo se le eriza el vello.

Como cada noche.

Basado en una de miles de historias reales.
Los nombres y reflexiones subjetivas son producto de la imaginación del autor. Los hechos, no.
Cualquier parecido con la realidad será, con toda probabilidad, pura evidencia.

2 comentarios De 10 a 11 p.m.

    1. Manuel M. Almeida

      A mí también me toca de cerca, Laura. De hecho, al escribir este relato he caído en la cuenta de que, aunque no fuese consciente, parte de mis últimos textos han estado abordando, de una u otra forma, este tema. La emoción es compartida. Muchas gracias, como siempre, por estar ahí.

      Un saludo.

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