No llevaba ni dos meses en aquel antiguo edificio de apartamentos. Desde su elemental estudio de música, instalado en uno de los dos pequeños cuartos de los que disponía la vivienda, no tenía más visión que la de las estrechas ventanas que daban al patio comunitario. A la segunda semana de llegar allí, descubrió, a través del juego de reflejos de aquellas saeteras, la figura de una joven cautivadoramente hermosa. Nunca la vio directamente, desde su habitación no podía establecer contacto visual con la habitación de la muchacha. Solo veía su reflejo, en las tardes, en una ventana esquinera de otra vivienda de la misma planta. Sin quererlo, mientras ideaba canciones o registraba sus logros en las innumerables pistas de su sofisticado programa de ordenador, veía las evoluciones de la chica: cuando entraba y salía del cuarto, cómo se arreglaba, entregada a las faenas del hogar, si hablaba por el móvil, desnuda… Se enamoró a primera vista, o a vista diferida si queremos ser rigurosos. Y no era el suyo un amor o un deseo malsano. Jamás pasó por su mente un idea lasciva, nunca se tocó, ni siquiera cuando veía que ella se tocaba. Era un amor idealista. Un amor que parecía surgir de la música que creaba y con ella se fundía en aquellas tardes eternas de verano. Nunca se cruzó con ella en el rellano, la escalera o el ascensor. No se tropezó con ella en la calle ni se atrevió jamás a preguntar a nadie por la muchacha. Simplemente la observaba encandilado, como podría observar cualquier creador a una musa que, de pronto, se materializa. Luego llegaron los sueños y las cada vez más prolongadas desconexiones. Su mente se había imbuido de aquella mujer y ya casi le resultaba imposible pensar en otra cosa que no fuera ella. Le había compuesto no menos de seis canciones, la imaginaba junto a él. ¿Cantaría? ¿Escribiría? ¿Le dedicaría alguna vez esa exótica sonrisa que tanto le fascinaba? ¿Cómo sería la mujer del reflejo? Con las primeras señales del otoño se decidió a dar el paso y llamó a su puerta. No respondió. Volvió al estudio y vio que la chica no estaba en el cuarto. «Igual está en la ducha, igual la importuno. Qué carajo». Insistió. Llamó al timbre y golpeó en la puerta. Nada ocurrió. Lo intentaría mañana. Pero ni ese mañana ni el siguiente, ni el otro y el otro después obtuvo respuesta. La chica parecía haber desaparecido, no respondía y su reflejo tampoco se proyectaba ya en la ventana. Montó guardia las veinticuatro horas del día. Llamó y llamó a su puerta ya no como un vecino enamorado, sino como un amante enloquecido. Ahora sí se atrevió a preguntar. Pero nadie sabía de ella. En realidad nadie sabía de nadie, ni siquiera él sabía de ellos, ni ellos de él, en aquella mole infinita de más de quinientas viviendas. Llamó a la policía. Enviaremos a alguien, le dijeron. Un agente y un cerrajero se presentaron al día siguiente. Abrieron la puerta e inspeccionaron la casa hasta dar con la habitación. Allí, sobre la cama, un esqueleto embutido en ropa de mujer. El músico no daba crédito. El policía determinó que podría ser una anciana: «Hoy día vemos este tipo de casos con demasiada frecuencia» ¿Una anciana? ¿Su madre, su abuela? Entonces reparó en una foto enmarcada en la mesilla de noche. En efecto, era la de una anciana, una anciana en cuyo rostro demacrado se dibujaba la misma sonrisa exótica que la de su amada. Llegaron el juez, el secretario del juzgado, periodistas, más policías… hasta que se decretó el levantamiento del cadáver. Esa noche soñó con la joven una vez más. La muchacha se acercó a dedicarle su última sonrisa.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) —finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997— y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las colecciones de relatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado, entre otros medios, en Cadena 100, ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). Actualmente dirige DRAGARIA. Revista canaria de literatura.