El Blog de Manuel M. Almeida https://mmeida.com Literatura, novela, poesía, periodismo, comunicación, Internet, tecnología, política, ciencia, ecología, cultura, tendencias, vídeo, fotografía Mon, 24 Apr 2017 07:34:16 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.7.4 Egoloquios https://mmeida.com/egoloquios/ https://mmeida.com/egoloquios/#respond Mon, 24 Apr 2017 07:34:16 +0000 https://mmeida.com/?p=47841  
Por Manuel M. Almeida

El egoloquio es un ser diminuto, no tanto en cuerpo como en espíritu. A base de no usarla, ha perdido la capacidad de oír

Egoloquios fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Un egoloquio es un ser diminuto, no tanto en cuerpo como en espíritu. A base de no usarla, ha perdido la capacidad de oír y, con ella, aquel órgano vestigial que sus ascendientes llamaban oído. Por contra, ha desarrollado un impresionante aparato fonador, tanto en complejidad, como en alcance. Sus cuerdas vocales sobrepasan de media los cinco centímetros de longitud, lo que ha obligado a su laringe a ensancharse hasta lo grotesco, mientras que labios y lengua se proyectan hacia el exterior como si de picos de ave se tratara. Los egoloquios cultivan una intensa y rica vida social. Se reúnen en grupos, se citan con amigos, acuden a fiestas, exposiciones, charlas, jornadas, conferencias y no paran de hablar. Hablar, junto con la respiración y el alimento, resulta esencial para su existencia. Si dos egoloquios se encuentran, se saludan y se ponen a platicar de sus cosas. Cada uno de las suyas, al mismo tiempo. Como no escuchan, no se interrumpen. Tampoco discuten. Ni ven cuestionadas sus convicciones. Son inmunes a la decepción, la rectificación, la controversia, la sugerencia, la aclaración, el consejo, la advertencia y la censura. El egoloquio y la egoloquia viven en mundos autárquicos, de suficiencia individual. Cuando regresan a sus casas, hablan a su pareja durante la cena, les cuentan cómo les ha ido el día, sus encuentros, dificultades, éxitos y fracasos, anhelos, proyectos y otros muchos de esos asuntos de los que suelen hablar las parejas. Cada uno cuenta lo suyo, al unísono. Al terminar, se sientan frente a la tele y hablan al tiempo que disfrutan de los muchos programas en los que otros egoloquios y egoloquias parlotean sin cesar. Luego se acuestan. Y en sueños también hablan. Mucho. Demasiado. Es una cuestión fisiológica. No pueden dejar de hablar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Imagen: Dialogue of the deaf, escultura de Isabel Miramontes

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Un milagro cotidiano https://mmeida.com/un-milagro-cotidiano/ https://mmeida.com/un-milagro-cotidiano/#respond Tue, 18 Apr 2017 08:30:40 +0000 https://mmeida.com/?p=47834  
Por Manuel M. Almeida

Nunca se había fijado en el cartero. Por eso, cuando aquella mañana le dio por reparar en él, notó de entrada algo extraño

Un milagro cotidiano fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Nunca se había fijado en el cartero. Sí, lo veía con frecuencia, sabía que acudía a su calle puntual, de lunes a viernes, que llevaba cartas y paquetes, que hacía bien su trabajo… Pero si se lo encontrase fuera de su hábitat natural no lo reconocería. Por eso, cuando aquella mañana le dio por reparar en él, notó de entrada algo extraño. Hubiese jurado que era moreno, bien moreno, pero en realidad el hombre que veía perderse calle abajo era rubio. No le dio mayor importancia. Hasta ahí puede llegar la despersonalización en esta sociedad enferma de superficialidad e indiferencia, se dijo. Quiso redimirse. A partir de ahora se fijaría más. Incluso se mostró dispuesto a entablar alguna que otra charla con aquel sujeto que veía desde hacía años, pero al que desconocía. Acababa de jubilarse. Ahora tenía tiempo, todo el tiempo del mundo. A la mañana siguiente se apostó en su ventana poco antes de las diez. Sabía que, más o menos a esa hora, el cartero solía llegar a su calle. Al poco pudo distinguirlo dos manzanas más allá, entrando y saliendo de los zaguanes, charlando con algún dependiente en la puerta de un bazar. Lo observó detenidamente mientras se acercaba. No era rubio ni moreno. ¡Era pelirrojo! ¡Pelirrojo! Y lucía una poblada barba del mismo color. ¡Madre mía!, exclamó para sí, ¿cuántas cosas habré pasado por alto en esta vida? Continuó observándolo día a día. Cada mañana. Parapetado detrás de la cortina. Y cada día el cartero era un cartero distinto. Era el mismo, entiéndase bien, pero sus rasgos físicos y su carácter mutaban, de algún modo, jornada tras jornada. Nuestro hombre estaba fascinado. Pensó que aquello nada tenía que ver con los efectos secundarios de una sociedad alienada, con lo insustancial de esa existencia robótica e inhumana a la que el capital les había abocado. No. Estaba siendo testigo de un prodigio, una maravilla urbana. Se obsesionó con el cartero. Se compró unos prismáticos para poder verlo desde muy lejos. De noche lo dibujaba. Tenía ya un cuaderno lleno de carteros. Hasta que un día, sin poderlo evitar, se vio a sí mismo siguiéndolo. Lo acompañó a una distancia prudencial en su recorrido por el barrio, lo persiguió hasta la oficina de Correos, esperó a que saliera y se subió a la misma guagua que tomó el repartidor en su camino a casa. Allí, en un pequeña plazoleta frente al domicilio del cartero, pasó la noche, esperando verlo aparecer transmutado al amanecer, ser el primer testigo de ese increíble milagro cotidiano. Las seis en punto. Allí estaba. ¡Era negro! Negro como el azabache. No lo dudó. Se acercó al funcionario y le preguntó, sin mediar saludo alguno u otra palabra.

– Usted cambia, cada día cambia.

– ¿Y usted no? –respondió su interlocutor, algo desconcertado.

– Pero usted… Usted es un hombre distinto cada día.

– Disculpe, caballero, se me hace tarde para el trabajo –espetó el cartero, volviéndole la espalda como se le vuelve la espalda a un loco o a un hare krishna exaltado.

El hombre se quedó de pie en medio de la acera. Entumecido por la humedad y el frío de la madrugada. «¿Y usted no?». Echó a andar. Apresuró el paso. Luego rompió a correr como un endemoniado. Hasta que finalmente se detuvo frente a la luna de un escaparate. Expectante, se miró en el espejo. Y vio la imagen de un hombre… al que tampoco conocía.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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Une petite affaire https://mmeida.com/une-petite-affaire/ https://mmeida.com/une-petite-affaire/#comments Sat, 08 Apr 2017 10:01:14 +0000 https://mmeida.com/?p=47829  
Por Manuel M. Almeida

Él la miraba con los ojos del hambre mientras ella devoraba un sándwich de mayonesa con berros. Congeniaron al instante

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Por Manuel M. Almeida

Se conocieron una tarde de invierno en el banco más apartado del viejo parque. Él la miraba con los ojos del hambre mientras ella devoraba un sándwich de mayonesa con berros. Congeniaron al instante. Bastó con que ella le lanzara un trozo de pan y le dibujara una sonrisa. Y que él correspondiera con dos o tres cabriolas payasas y desaforados lametones. Allí se veían cada tarde, más o menos a la misma hora. Ella traía dos sándwiches y algunas golosinas. Lo acariciaba, le daba de comer, jugaban y se divertían del modo en que suelen divertirse los perros y los humanos cuando se divierten juntos. Él nunca la seguía. El primer día amagó, pero ella le dejó claro con un gesto firme y una mirada que lo suyo iba a ser una sucesión de encuentros, nunca una relación formal, nada de convivencias. Lo llamaba Canelo, pero él respondía con mayor premura e interés a la voz de Sándwich. Una tarde no lo halló. Solía encontrarlo al llegar, tendido a un lado del banco, a la espera, las orejas tiesas como manecillas de reloj, marcando los segundos con su colita. Lo buscó por los alrededores. Preguntó a todo con el que se cruzó si había visto a un perro vagabundo, melenudo, medio cojo, bizco y desaliñado, de color oscuro tirando a café. Nadie había visto nada. ¡Canelo!, gritó. ¡Canelo!… ¡Sándwich! ¡Sándwich! El silencio del crepúsculo la estremeció y entonces supo que jamás regresaría. Ella tampoco volvió a pisar el viejo parque.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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Disforia post-sex https://mmeida.com/disforia-post-sex/ https://mmeida.com/disforia-post-sex/#respond Thu, 23 Mar 2017 10:25:54 +0000 https://mmeida.com/?p=47814  
Por Manuel M. Almeida

Tú y yo habitamos, aquí y ahora, el nudo de lo inevitable. El clímax de vete a saber qué proceso. Así, abrazados y tendidos sobre esta cama revuelta

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Por Manuel M. Almeida

Tú y yo habitamos, aquí y ahora, el nudo de lo inevitable. El clímax de vete a saber qué proceso. Así, abrazados y tendidos sobre esta cama revuelta, somos personajes en tránsito urdidos por mente ajena, grafos imaginados que creen amarse en ese instante prestado, fugaz e impreciso, que va del planteamiento al desenlace.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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El loco del metro https://mmeida.com/el-loco-del-metro/ https://mmeida.com/el-loco-del-metro/#respond Thu, 16 Mar 2017 12:55:56 +0000 https://mmeida.com/?p=47794  
Por Manuel M. Almeida

Vivía en el metro. Malvivía. Se pasaba el día y la noche, hasta la hora del cierre ya entrada la madrugada, de estación en estación

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Por Manuel M. Almeida

Míralo, ahí va el loco! ¡Vaya una vida perra!», escuchó a sus espaldas. El forastero se giró y vio pasar a un tipo arrebatado que competía con el gentío por intentar trepar a un vagón. La anciana que había hablado a sus espaldas lo puso al día. Vivía en el metro. Malvivía. Se pasaba el día y la noche, hasta la hora del cierre ya entrada la madrugada, de estación en estación. Ido, obsesionado, observando, husmeando. Luego desaparecía, pero a las seis de cada mañana, cuando arrancaba el primer tren, retornaba. Puntual. Parecía buscar algo. Un objeto, una mujer, un hijo, un maletín, un documento… ¡Quién sabe qué terrible extravío lo retenía allí! Una joya perdida, una cita malograda, una distracción fatal, un despido por incauto… «¡Una pena de hombre!», lamentó la señora.

El forastero no tenía prisa. Sacó un bloc de notas y se sentó en un banco del andén. Efectivamente, diez minutos después el hombre estaba de vuelta. No había acabado de descender del tren y ya andaba inspeccionado con aquellos ojos desorbitados los rostros, los diálogos, las maletas, los rincones, las idas y venidas de la multitud hormigueante. Luego lo vio correr, hasta perderse escaleras arriba por el pasadizo que lo llevaría al otro lado de las vías. No lo siguió. Se limitó a esperar en el banco hasta verlo aparecer por la boca del mismo pasadizo en el corredor de enfrente. Fue cosa de un minuto. Allí estaba otra vez, repitiendo la misma ceremonia estéril. Detenerse, escrutar, observar. Por un momento le pareció que se fijaba en algo o alguien, pero un segundo después estaba de nuevo en marcha. Llegó un nuevo tren y lo vio desvanecerse por el túnel en el interior de una de las secciones del vehículo, con la cara pegada a una de las ventanas y aquellos estrábicos ojos de camaleón enfocando a todas partes.

Volvió al día siguiente. A las seis en punto de la mañana. Y allí estaba el loco. Como un reloj. El forastero venía dispuesto a seguirlo, a comprobar que realmente era cierto lo que le había contado aquella mujer, que se pasaba el día allí, de estación en estación, sin desviarse un milímetro de su ofuscada rutina. Sus expectativas no se vieron defraudadas. El loco ejecutaba su ejercicio escrutador donde quiera que se hallaba. En cada terminal, en cada vagón, sin sosiego. Tres horas y algo después de frenéticas idas y venidas y de exploraciones sin sentido, el forastero se atrevió al fin a dar el paso. «¿Ha perdido usted algo, caballero?», preguntó. El hombre se le quedó mirando confuso, abstraído. «¿Busca algo?», insistió. «¿Qué hora es?», preguntó el loco como regresando de un sueño, sin dejar de observar a su alrededor. «Son casi las diez», respondió el forastero. «¿Día, mes?» «Jueves, 17 de marzo de 2017». «¿2017?», inquirió impresionado. «Sí, claro… 2017», confirmó el forastero. Y el loco se echó a reír como nunca sabrá reír un cuerdo. «¿Sabe que es usted la primera persona que me habla en cinco años?» «¿La primera?», repitió sorprendido el forastero. «La única en todo este tiempo», prosiguió el loco sin parar de reír. «Es curioso, buscaba, buscaba y no recordaba qué, pero creo, amigo mío, que al fin lo he encontrado».

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Inspirado en el relato ‘La muerte es un momento’, incluido en la novela ‘El tren delantero‘,’ de Emilio González Déniz.

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Hemorragia https://mmeida.com/hemorragia/ https://mmeida.com/hemorragia/#respond Wed, 08 Mar 2017 22:51:44 +0000 https://mmeida.com/?p=47790  
Por Manuel M. Almeida

Una mujer sin rostro avanza herida bajo la pálida luna de cualquier milenio. Avanza herida, mas firme y resuelta, sobre un reguero infinito

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Por Manuel M. Almeida

Una mujer sin rostro
avanza herida
bajo la pálida luna
de cualquier milenio.
Avanza herida,
mas firme y resuelta,
sobre un reguero infinito
de huellas de mujer.
Y de su herida brota
otra mujer herida:
una mujer sin rostro
que avanza resuelta
bajo la pálida luna
de todo milenio,
otra mujer herida,
insumisa e indómita,
sobre un reguero infinito
de sueños de mujer.

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Calabazas https://mmeida.com/calabazas/ https://mmeida.com/calabazas/#comments Mon, 06 Mar 2017 07:33:33 +0000 https://mmeida.com/?p=47784  
Por Manuel M. Almeida

Da igual lo que plante: siempre le crecen calabazas. Si siembra coles, calabazas; si cultiva orégano, calabazas...

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Por Manuel M. Almeida

Da igual lo que plante: siempre le crecen calabazas. Si siembra coles, calabazas; si cultiva orégano, calabazas; si plátanos, papas, fresas, césped, flores, tunos… siempre, siempre, calabazas. Ya puede hurgar a fondo en tiendas especializadas y mercados agropecuarios, ya puede hacerse enviar semillas exóticas y variadas desde los lugares más recónditos del planeta; ya puede contratar al mejor de los botánicos o al más capaz de los ingenieros agrónomos, tirar de injertos, investigar, fumigar, recurrir a la ingeniería genética… Da exactamente igual: a él sólo le crecen calabazas. Hubiese querido ser florista o silvicultor, de niño soñaba con interminables campos de moras, lechugas o lavanda, a veces se ve como potentado tabacalero o productor clandestino: cannabis, semilla del diablo, coca… ¡Qué más da! Naranjas, nísperos, zanahorias, aguacates, rosas, tomates, hongos, cactus… Horticultor ecléctico, ¿por qué no?, también, quizá… ¡El campo ofrece tantas posibilidades! Pero ahí sigue él, después de años y años de intentos baldíos, rodeado de calabazas. Hermosas calabazas. ¿Calabacero, calabacista, calabaceador, calabacicultor, calabacerante? Sin saber siquiera cómo hacerse llamar. Pero creo que considerando seriamente ya la posibilidad de admitir que lo suyo, sí, van a ser las calabazas.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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¡Bravo! https://mmeida.com/bravo/ https://mmeida.com/bravo/#comments Mon, 06 Feb 2017 15:05:48 +0000 https://mmeida.com/?p=47509  
Por Manuel M. Almeida

El humorista se hizo instalar en la amplia pared de su garaje un mural de cuatro por tres que lo enfrentaba a un auditorio mohíno...

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Por Manuel M. Almeida

¿Qué clase de humorista era él, que se bloqueaba al primer signo de indiferencia? ¿Qué artista pretendía ser si se achicaba en cuanto percibía un atisbo de frialdad entre el público? ¿A qué podía aspirar si se arredraba con la primera mueca de hastío, fastidio o hostilidad?

El humorista se hizo instalar en la amplia pared de su garaje un mural de cuatro por tres que lo enfrentaba a un auditorio mohíno: señoras de caras largas, caballeros tristes distraídos, jóvenes ensimismados en sus móviles y en sus bostezos, ancianos y ancianas dormidos o medio dormidos… Dieciocho horas al día. Frente a frente con su pesadilla. Ése era el reto. Si lograba acabar un monólogo ante aquella adversa audiencia, qué duda cabe de que habría vencido a sus miedos, de que al fin podría encarar con éxito, sin lastre, su destino. Sería el mejor y más grande cómico sobre la faz de la Tierra, el mayor actor que jamás se hubiese visto. El humorista se esforzaba. Al principio apenas si era capaz de encadenar dos frases seguidas antes de claudicar presa del pánico. Al poco logró acabar algún chiste. Tiempo después ya era capaz de encadenar tres o cuatro. Y así, avanzando lentamente, con caídas y recaídas; pero siempre constante, dejándose la piel, el sudor, la salud en aquel garaje oscuro y decadente tan solo iluminado por la potente luz de dos focos dirigidos hacia el público. Hasta que un día logró concluir su primer sketch. Y a ese sketch siguió otro, y otro. Entonces le pareció ver que una mujer de negro se interesaba. Pasadas diez actuaciones, ya eran la mujer y varios de los ancianos. Días después, los jóvenes habían dejado de jugar con sus móviles. En una semana ya le aplaudían. A las dos semanas aquel díscolo público del mural lo ovacionaba. Al mes enloquecía. Le aplaudían al salir, se carcajeaban incluso cuando hablaba en serio, lo interrumpían con piropos, y al concluir lo vitoreaban. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Ya casi no salía, no comía ni dormía. Se debía a su público, y su público lo adoraba. Y allí quedó. Sin angustias, sin miedos. Aclamado, querido, triunfante en aquel garaje-escenario. ¿Podía acaso el mundo ahí afuera depararle algo mejor?

Encuentran el cadáver de Mr. Je en el garaje de su casa con evidentes síntomas de inanición. El cuerpo, en actitud de reverencia, postrado frente a la gigantesca imagen de un teatro a rebosar con el público en pie, enardecido.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

¡Bravo! fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Encrucijada https://mmeida.com/encrucijada/ https://mmeida.com/encrucijada/#respond Wed, 25 Jan 2017 11:05:29 +0000 https://mmeida.com/?p=47171  
Por Manuel M. Almeida

El paisano se cruza con el escalador cuando éste está a punto de alcanzar la base de la montaña. Se dan los buenos días

Encrucijada fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

El paisano se cruza con el escalador cuando éste está a punto de alcanzar la base de la montaña. Se dan los buenos días. La montaña es una roca inmensa que se alza unos cuatrocientos metros hacia un cielo levemente púrpura a esa hora de la mañana. El paisano tiene prisa porque es cartero –los carteros siempre tienen prisa–, y ha de entregar la correspondencia a otros paisanos que moran en las casitas desperdigadas por los rincones de aquella accidentada comarca. Pero hoy se detiene. Contempla cómo el escalador se ajusta el arnés, revisa las cuerdas y los mosquetones, cuenta los clavos, los frenos, los aseguradores, se coloca el casco y se calza los pies de gato. Observa cómo el escalador encara el primer tramo del ascenso por una zona relativamente accesible y cómo, en apenas unos minutos y sin aparente dificultad, alcanza un saliente a cincuenta metros de altura. Ahora viene lo peor. El paisano se pregunta cómo puede una persona decidir poner en riesgo así su vida. Abandonar su casa, a sus seres queridos, amigos y encomendarse a una empresa tan improductiva como temeraria. El escalador ha de ser por fuerza un tipo solitario y desgraciado, sin nada que perder. El escalador trepa ahora lenta y trabajosamente sobre una pared lisa y pulida. A cada instante se detiene e inserta un clavo en el surco que cientos de escaladores antes han abierto en la vieja vía. El paisano se sienta sobre una piedra junto a una tabaiba y lía un cigarrillo. Mira allá arriba, donde el escalador se afana en superar otro saliente, balanceándose para tomar impulso, y saborea la primera bocanada de humo. Imagina que el escalador es una araña colgada de su hilo, una araña doméstica, minúscula: ese tamaño tiene. Si el escalador tuviese trabajo, ocupación, responsabilidades, no se entregaría a estas locuras. Quién sabe qué lo ha traído hasta allí. Un amor herido, la bancarrota, la melancolía. O quizá la mera pretensión, la sed de vanagloria. O tal vez la memez más absoluta. Quién era él para juzgar. Pero normal, muy normal, lo que se dice normal a él esta gente no le parecía. Ya está el escalador a unos metros de la cima. Ya culmina. Ya abre los brazos como si su misión fuese sostener el universo. Ya eleva la cabeza como quien se baña de luz de mediodía. Ya se sienta. Ya da buena cuenta de un bocadillo. Y todo esto el paisano lo ve en silueta recortada sobre un azul inmenso. Siempre tuvo buena vista. Todo eso a él le parece tontería. El riesgo, el esfuerzo, la fatiga. Por un bocadillo. No niega que desde allá arriba la vista ha de ser portentosa. Pero él mismo, ahora, si se asoma un poco al barranco puede disfrutar de un panorama espléndido. ¿A qué exponerse? ¿Por qué aventurarse? El escalador desciende casi al mismo ritmo que el sol. Ya está en la base. Se quita el casco, se cambia de zapatos, se libera del arnés, guarda todo en la mochila. El escalador se cruza con el paisano camino abajo y se dan las buenas tardes. El paisano no ha visto jamás semejante sonrisa. ¿Felicidad, realización, trabajo bien hecho? Y solo entonces repara en su cartera de cuero colmada de sobres. Abandonada sobre la hierba bajo un cielo levemente crepuscular a esa hora del día.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Imagen: Tekkoontan

Encrucijada fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Viernes https://mmeida.com/viernes/ https://mmeida.com/viernes/#comments Fri, 20 Jan 2017 09:53:34 +0000 https://mmeida.com/?p=47165  
Por Manuel M. Almeida

Era viernes, y como cada viernes tenía invitados. Los recibía a eso de las ocho. Se tomaban un aperitivo. Se sentaban a la mesa...

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Por Manuel M. Almeida

Era viernes, y como cada viernes tenía invitados. Los recibía a eso de las ocho. Se tomaban un aperitivo. Se sentaban a la mesa y departían alegremente durante unas horas. Política, deportes, economía, sucesos, ciencia, cultura… Luego pasaban a las copas. Y, si alguno o alguna se animaba, terminaban la fiesta con un buen baile. Por último, ya rendido, con los efluvios del alcohol y los vapores de la cena invitándolo a la cama, se despedía. Recogía la mesa vacía, ordenaba el salón ordenado y se acostaba. Todo esto lo hace Mario cada viernes. Sin abrir la puerta de su casa.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Viernes fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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