El Blog de Manuel M. Almeida https://mmeida.com Literatura, novela, poesía, periodismo, comunicación, Internet, tecnología, política, ciencia, ecología, cultura, tendencias, vídeo, fotografía Sat, 18 Mar 2017 09:54:41 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.7.3 El loco del metro https://mmeida.com/el-loco-del-metro/ https://mmeida.com/el-loco-del-metro/#respond Thu, 16 Mar 2017 12:55:56 +0000 https://mmeida.com/?p=47794  
Por Manuel M. Almeida

Vivía en el metro. Malvivía. Se pasaba el día y la noche, hasta la hora del cierre ya entrada la madrugada, de estación en estación

El loco del metro fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Míralo, ahí va el loco! ¡Vaya una vida perra!», escuchó a sus espaldas. El forastero se giró y vio pasar a un tipo arrebatado que competía con el gentío por intentar trepar a un vagón. La anciana que había hablado a sus espaldas lo puso al día. Vivía en el metro. Malvivía. Se pasaba el día y la noche, hasta la hora del cierre ya entrada la madrugada, de estación en estación. Ido, obsesionado, observando, husmeando. Luego desaparecía, pero a las seis de cada mañana, cuando arrancaba el primer tren, retornaba. Puntual. Parecía buscar algo. Un objeto, una mujer, un hijo, un maletín, un documento… ¡Quién sabe qué terrible extravío lo retenía allí! Una joya perdida, una cita malograda, una distracción fatal, un despido por incauto… «¡Una pena de hombre!», lamentó la señora.

El forastero no tenía prisa. Sacó un bloc de notas y se sentó en un banco del andén. Efectivamente, diez minutos después el hombre estaba de vuelta. No había acabado de descender del tren y ya andaba inspeccionado con aquellos ojos desorbitados los rostros, los diálogos, las maletas, los rincones, las idas y venidas de la multitud hormigueante. Luego lo vio correr, hasta perderse escaleras arriba por el pasadizo que lo llevaría al otro lado de las vías. No lo siguió. Se limitó a esperar en el banco hasta verlo aparecer por la boca del mismo pasadizo en el corredor de enfrente. Fue cosa de un minuto. Allí estaba otra vez, repitiendo la misma ceremonia estéril. Detenerse, escrutar, observar. Por un momento le pareció que se fijaba en algo o alguien, pero un segundo después estaba de nuevo en marcha. Llegó un nuevo tren y lo vio desvanecerse por el túnel en el interior de una de las secciones del vehículo, con la cara pegada a una de las ventanas y aquellos estrábicos ojos de camaleón enfocando a todas partes.

Volvió al día siguiente. A las seis en punto de la mañana. Y allí estaba el loco. Como un reloj. El forastero venía dispuesto a seguirlo, a comprobar que realmente era cierto lo que le había contado aquella mujer, que se pasaba el día allí, de estación en estación, sin desviarse un milímetro de su ofuscada rutina. Sus expectativas no se vieron defraudadas. El loco ejecutaba su ejercicio escrutador donde quiera que se hallaba. En cada terminal, en cada vagón, sin sosiego. Tres horas y algo después de frenéticas idas y venidas y de exploraciones sin sentido, el forastero se atrevió al fin a dar el paso. «¿Ha perdido usted algo, caballero?», preguntó. El hombre se le quedó mirando confuso, abstraído. «¿Busca algo?», insistió. «¿Qué hora es?», preguntó el loco como regresando de un sueño, sin dejar de observar a su alrededor. «Son casi las diez», respondió el forastero. «¿Día, mes?» «Jueves, 17 de marzo de 2017». «¿2017?», inquirió impresionado. «Sí, claro… 2017», confirmó el forastero. Y el loco se echó a reír como nunca sabrá reír un cuerdo. «¿Sabe que es usted la primera persona que me habla en cinco años?» «¿La primera?», repitió sorprendido el forastero. «La única en todo este tiempo», prosiguió el loco sin parar de reír. «Es curioso, buscaba, buscaba y no recordaba qué, pero creo, amigo mío, que al fin lo he encontrado».

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Inspirado en el relato ‘La muerte es un momento’, incluido en la novela ‘El tren delantero‘,’ de Emilio González Déniz.

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Hemorragia https://mmeida.com/hemorragia/ https://mmeida.com/hemorragia/#respond Wed, 08 Mar 2017 22:51:44 +0000 https://mmeida.com/?p=47790  
Por Manuel M. Almeida

Una mujer sin rostro avanza herida bajo la pálida luna de cualquier milenio. Avanza herida, mas firme y resuelta, sobre un reguero infinito

Hemorragia fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Una mujer sin rostro
avanza herida
bajo la pálida luna
de cualquier milenio.
Avanza herida,
mas firme y resuelta,
sobre un reguero infinito
de huellas de mujer.
Y de su herida brota
otra mujer herida:
una mujer sin rostro
que avanza resuelta
bajo la pálida luna
de todo milenio,
otra mujer herida,
insumisa e indómita,
sobre un reguero infinito
de sueños de mujer.

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Calabazas https://mmeida.com/calabazas/ https://mmeida.com/calabazas/#comments Mon, 06 Mar 2017 07:33:33 +0000 https://mmeida.com/?p=47784  
Por Manuel M. Almeida

Da igual lo que plante: siempre le crecen calabazas. Si siembra coles, calabazas; si cultiva orégano, calabazas...

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Por Manuel M. Almeida

Da igual lo que plante: siempre le crecen calabazas. Si siembra coles, calabazas; si cultiva orégano, calabazas; si plátanos, papas, fresas, césped, flores, tunos… siempre, siempre, calabazas. Ya puede hurgar a fondo en tiendas especializadas y mercados agropecuarios, ya puede hacerse enviar semillas exóticas y variadas desde los lugares más recónditos del planeta; ya puede contratar al mejor de los botánicos o al más capaz de los ingenieros agrónomos, tirar de injertos, investigar, fumigar, recurrir a la ingeniería genética… Da exactamente igual: a él sólo le crecen calabazas. Hubiese querido ser florista o silvicultor, de niño soñaba con interminables campos de moras, lechugas o lavanda, a veces se ve como potentado tabacalero o productor clandestino: cannabis, semilla del diablo, coca… ¡Qué más da! Naranjas, nísperos, zanahorias, aguacates, rosas, tomates, hongos, cactus… Horticultor ecléctico, ¿por qué no?, también, quizá… ¡El campo ofrece tantas posibilidades! Pero ahí sigue él, después de años y años de intentos baldíos, rodeado de calabazas. Hermosas calabazas. ¿Calabacero, calabacista, calabaceador, calabacicultor, calabacerante? Sin saber siquiera cómo hacerse llamar. Pero creo que considerando seriamente ya la posibilidad de admitir que lo suyo, sí, van a ser las calabazas.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Calabazas fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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¡Bravo! https://mmeida.com/bravo/ https://mmeida.com/bravo/#comments Mon, 06 Feb 2017 15:05:48 +0000 https://mmeida.com/?p=47509  
Por Manuel M. Almeida

El humorista se hizo instalar en la amplia pared de su garaje un mural de cuatro por tres que lo enfrentaba a un auditorio mohíno...

¡Bravo! fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

¿Qué clase de humorista era él, que se bloqueaba al primer signo de indiferencia? ¿Qué artista pretendía ser si se achicaba en cuanto percibía un atisbo de frialdad entre el público? ¿A qué podía aspirar si se arredraba con la primera mueca de hastío, fastidio o hostilidad?

El humorista se hizo instalar en la amplia pared de su garaje un mural de cuatro por tres que lo enfrentaba a un auditorio mohíno: señoras de caras largas, caballeros tristes distraídos, jóvenes ensimismados en sus móviles y en sus bostezos, ancianos y ancianas dormidos o medio dormidos… Dieciocho horas al día. Frente a frente con su pesadilla. Ése era el reto. Si lograba acabar un monólogo ante aquella adversa audiencia, qué duda cabe de que habría vencido a sus miedos, de que al fin podría encarar con éxito, sin lastre, su destino. Sería el mejor y más grande cómico sobre la faz de la Tierra, el mayor actor que jamás se hubiese visto. El humorista se esforzaba. Al principio apenas si era capaz de encadenar dos frases seguidas antes de claudicar presa del pánico. Al poco logró acabar algún chiste. Tiempo después ya era capaz de encadenar tres o cuatro. Y así, avanzando lentamente, con caídas y recaídas; pero siempre constante, dejándose la piel, el sudor, la salud en aquel garaje oscuro y decadente tan solo iluminado por la potente luz de dos focos dirigidos hacia el público. Hasta que un día logró concluir su primer sketch. Y a ese sketch siguió otro, y otro. Entonces le pareció ver que una mujer de negro se interesaba. Pasadas diez actuaciones, ya eran la mujer y varios de los ancianos. Días después, los jóvenes habían dejado de jugar con sus móviles. En una semana ya le aplaudían. A las dos semanas aquel díscolo público del mural lo ovacionaba. Al mes enloquecía. Le aplaudían al salir, se carcajeaban incluso cuando hablaba en serio, lo interrumpían con piropos, y al concluir lo vitoreaban. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Ya casi no salía, no comía ni dormía. Se debía a su público, y su público lo adoraba. Y allí quedó. Sin angustias, sin miedos. Aclamado, querido, triunfante en aquel garaje-escenario. ¿Podía acaso el mundo ahí afuera depararle algo mejor?

Encuentran el cadáver de Mr. Je en el garaje de su casa con evidentes síntomas de inanición. El cuerpo, en actitud de reverencia, postrado frente a la gigantesca imagen de un teatro a rebosar con el público en pie, enardecido.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

¡Bravo! fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Encrucijada https://mmeida.com/encrucijada/ https://mmeida.com/encrucijada/#respond Wed, 25 Jan 2017 11:05:29 +0000 https://mmeida.com/?p=47171  
Por Manuel M. Almeida

El paisano se cruza con el escalador cuando éste está a punto de alcanzar la base de la montaña. Se dan los buenos días

Encrucijada fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

El paisano se cruza con el escalador cuando éste está a punto de alcanzar la base de la montaña. Se dan los buenos días. La montaña es una roca inmensa que se alza unos cuatrocientos metros hacia un cielo levemente púrpura a esa hora de la mañana. El paisano tiene prisa porque es cartero –los carteros siempre tienen prisa–, y ha de entregar la correspondencia a otros paisanos que moran en las casitas desperdigadas por los rincones de aquella accidentada comarca. Pero hoy se detiene. Contempla cómo el escalador se ajusta el arnés, revisa las cuerdas y los mosquetones, cuenta los clavos, los frenos, los aseguradores, se coloca el casco y se calza los pies de gato. Observa cómo el escalador encara el primer tramo del ascenso por una zona relativamente accesible y cómo, en apenas unos minutos y sin aparente dificultad, alcanza un saliente a cincuenta metros de altura. Ahora viene lo peor. El paisano se pregunta cómo puede una persona decidir poner en riesgo así su vida. Abandonar su casa, a sus seres queridos, amigos y encomendarse a una empresa tan improductiva como temeraria. El escalador ha de ser por fuerza un tipo solitario y desgraciado, sin nada que perder. El escalador trepa ahora lenta y trabajosamente sobre una pared lisa y pulida. A cada instante se detiene e inserta un clavo en el surco que cientos de escaladores antes han abierto en la vieja vía. El paisano se sienta sobre una piedra junto a una tabaiba y lía un cigarrillo. Mira allá arriba, donde el escalador se afana en superar otro saliente, balanceándose para tomar impulso, y saborea la primera bocanada de humo. Imagina que el escalador es una araña colgada de su hilo, una araña doméstica, minúscula: ese tamaño tiene. Si el escalador tuviese trabajo, ocupación, responsabilidades, no se entregaría a estas locuras. Quién sabe qué lo ha traído hasta allí. Un amor herido, la bancarrota, la melancolía. O quizá la mera pretensión, la sed de vanagloria. O tal vez la memez más absoluta. Quién era él para juzgar. Pero normal, muy normal, lo que se dice normal a él esta gente no le parecía. Ya está el escalador a unos metros de la cima. Ya culmina. Ya abre los brazos como si su misión fuese sostener el universo. Ya eleva la cabeza como quien se baña de luz de mediodía. Ya se sienta. Ya da buena cuenta de un bocadillo. Y todo esto el paisano lo ve en silueta recortada sobre un azul inmenso. Siempre tuvo buena vista. Todo eso a él le parece tontería. El riesgo, el esfuerzo, la fatiga. Por un bocadillo. No niega que desde allá arriba la vista ha de ser portentosa. Pero él mismo, ahora, si se asoma un poco al barranco puede disfrutar de un panorama espléndido. ¿A qué exponerse? ¿Por qué aventurarse? El escalador desciende casi al mismo ritmo que el sol. Ya está en la base. Se quita el casco, se cambia de zapatos, se libera del arnés, guarda todo en la mochila. El escalador se cruza con el paisano camino abajo y se dan las buenas tardes. El paisano no ha visto jamás semejante sonrisa. ¿Felicidad, realización, trabajo bien hecho? Y solo entonces repara en su cartera de cuero colmada de sobres. Abandonada sobre la hierba bajo un cielo levemente crepuscular a esa hora del día.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Imagen: Tekkoontan

Encrucijada fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Viernes https://mmeida.com/viernes/ https://mmeida.com/viernes/#comments Fri, 20 Jan 2017 09:53:34 +0000 https://mmeida.com/?p=47165  
Por Manuel M. Almeida

Era viernes, y como cada viernes tenía invitados. Los recibía a eso de las ocho. Se tomaban un aperitivo. Se sentaban a la mesa...

Viernes fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Era viernes, y como cada viernes tenía invitados. Los recibía a eso de las ocho. Se tomaban un aperitivo. Se sentaban a la mesa y departían alegremente durante unas horas. Política, deportes, economía, sucesos, ciencia, cultura… Luego pasaban a las copas. Y, si alguno o alguna se animaba, terminaban la fiesta con un buen baile. Por último, ya rendido, con los efluvios del alcohol y los vapores de la cena invitándolo a la cama, se despedía. Recogía la mesa vacía, ordenaba el salón ordenado y se acostaba. Todo esto lo hace Mario cada viernes. Sin abrir la puerta de su casa.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Viernes fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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La hoguera de las v̶a̶n̶i̶d̶a̶d̶e̶s̶ soledades https://mmeida.com/hoguera-vanidades-soledades/ https://mmeida.com/hoguera-vanidades-soledades/#comments Sun, 08 Jan 2017 11:37:33 +0000 https://mmeida.com/?p=47159  
Por Manuel M. Almeida

En Facebook era runner. En Twitter era curator. En Amazon era prosumer. En Instagram era traveller. En YouTube era youtuber...

La hoguera de las v̶a̶n̶i̶d̶a̶d̶e̶s̶ soledades fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

En Facebook era runner. En Twitter era curator. En Amazon era prosumer. En Instagram era traveller. En YouTube era youtuber. En Linkedin era enterpreneur. En el bloque era Tino, Tino el Raro. Falleció un 17 de septiembre, pero tenía tantos tuits, tantas publicaciones de Facebook, tantos tuits programados que nadie lo echó en falta hasta finales de diciembre. La policía halló su cadáver descompuesto en actitud de WhatsApp, tendido en el sofá, con un portátil sobre el abdomen y un móvil en cada mano.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

La hoguera de las v̶a̶n̶i̶d̶a̶d̶e̶s̶ soledades fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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El amigo invisible https://mmeida.com/amigo-invisible/ https://mmeida.com/amigo-invisible/#comments Sat, 07 Jan 2017 11:18:13 +0000 https://mmeida.com/?p=47152  
Por Manuel M. Almeida

Sabíamos que estaba ahí porque lo llamábamos por su nombre y él respondía. Por lo demás, nadie notaba su presencia

El amigo invisible fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Sabíamos que estaba ahí porque lo llamábamos por su nombre y él respondía. Por lo demás, nadie notaba su presencia. Llegaba, se sentaba a poca distancia de nosotros, dejaba su mochila en el suelo, sacaba un bocadillo, fijaba la mirada en algún punto impreciso del parque y se pasaba las horas absorto mirando al frente, casi sin pestañear. Luego, cuando nos íbamos, él también se retiraba. Cada tarde, todos los días. A veces, intentábamos integrarlo en la pandilla, y lo invitábamos a jugar a esto o lo otro, pero él se limitaba a negar con la cabeza. No se inmutaba. Por eso, para nosotros jugar al amigo invisible consistía en sentarnos a su lado, sobre el mismo borde del parterre que ocupaba, mirar al frente a ningún sitio y permanecer así hasta que nos cansábamos o alguno decía alguna barbaridad y nos entraba la risa. Años después, supe que se había hecho escultor y que había alcanzado una notable popularidad gracias a una figura de vidrio y metacrilato que había erigido en nuestro viejo parque, justo enfrente, a unos cincuenta o sesenta metros, del parterre junto al que se reunía la pandilla. La admiración por su obra provenía no sólo de la pulcritud y exquisita técnica que reflejaba, tampoco de la prodigiosa figura de mujer poliédrica y cristalina; sino del hecho de que aquella fuera su única creación, pero una creación viva, en continua transformación. Todas las tardes, cada día, mi amigo trabajaba en ella. De forma obsesiva, como atrapado por algún hechizo que lo obligase a perfeccionarla. Hasta que una noche, de improviso, desaparecieron los dos: el hombre y la mujer, el artista y su obra. Entonces entendí que era esa mujer transparente e inacabada, esa mujer igual de invisible y ausente, lo que mi amigo veía de niños cada tarde en el parque. Y que, de algún modo, había logrado al fin darle forma. Una mujer imposible que ninguno de nosotros jamás fuimos capaces de ver, pero que sin duda alguna a él le había arrebatado el alma.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

El amigo invisible fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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ULAS J1120+0641 https://mmeida.com/ulas-j11200641/ https://mmeida.com/ulas-j11200641/#respond Thu, 05 Jan 2017 09:50:02 +0000 https://mmeida.com/?p=47145  
Por Manuel M. Almeida

¿Habrá vida más allá? ¿Otro mundo habitado? Se encaramaba cada noche a aquel promontorio y se dejaba embriagar por la infinidad del cosmos...

ULAS J1120+0641 fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

¿Habrá vida más allá? ¿Otro mundo, otro planeta habitado? Se encaramaba cada noche a aquel promontorio y se dejaba embriagar por la infinidad del cosmos. Observaba el firmamento, las incontables estrellas y galaxias, las lunas, soles, cometas y asteroides. Siempre con el mismo pensamiento, la misma duda, el mismo anhelo en su cabeza. ¿Existirán otros pueblos, otras razas, planetas rosados, verdes, azules… o, tal y como afirman nuestros sabios y nuestros credos somos la excepción, la especie elegida, en este universo? Luego, cuando el séptimo sol oscuro asomaba por el horizonte, cuando era demasiado tarde incluso para ella, descendía por los arroyos encendidos, reptando algo cansada, pero exuberante y ligera, se sumergía en la ciénaga lávica de metal púrpura y, ya en su burbuja de helio, le parecía morir de ternura al encontrar a sus vástagos dormidos, despreocupados, con una sonrisa de antena a antena.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

ULAS J1120+0641 fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Micky la Bestia https://mmeida.com/micky-la-bestia/ https://mmeida.com/micky-la-bestia/#comments Wed, 04 Jan 2017 09:34:58 +0000 https://mmeida.com/?p=47134  
Por Manuel M. Almeida

Micky la Bestia llevaba varias noches apostado en aquel callejón sin luz. Sabía que tarde o temprano don Carlos tendría que pasar por allí...

Micky la Bestia fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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Por Manuel M. Almeida

Micky la Bestia llevaba varias horas apostado en aquel callejón sin luz. Sabía que tarde o temprano don Carlos tendría que pasar por allí. De hecho, le desconcertaba un tanto que no lo hubiese hecho ya. Era lo normal. Su costumbre de casi todos los días. Pero él no se amilanaba. Permanecía agazapado en lo oscuro con un mondadientes adherido al labio inferior y jugando con la navaja que ocultaba en una mano a su espalda. La abría y la cerraba, la cerraba y la abría, en un ritual mecánico que ejecutaba a la perfección, con un simple golpe de muñeca, en una cadencia milimétrica; como si midiese el tiempo, segundo a segundo, a través de ese reloj afilado. Micky la Bestia era alto, uno noventa largos, calvo desde los veinte, cabeza cuadrada, mandíbula prominente y músculos acerados y tatuados por todo el cuerpo. Tenía fama de tipo duro, fama que él se preocupaba muy mucho de alimentar. Ex boxeador, ex legionario y ahora lobo solitario sin profesión conocida, no había quien le tosiera y aún menos le estornudara. Nadie se le acercaba. En el ideario colectivo del distrito sur estaba grabado a fuego que Micky era lo que se dice un mal bicho. Cuando a Micky la Bestia le pareció distinguir el porte de don Carlos unos cincuenta metros más allá, a la altura de la peluquería de Loli, sus músculos se tensionaron. Don Carlos lucía como una polilla indefensa a la luz de las farolas que jalonaban la calle por la que transitaba. Una ruta que lo llevaba directamente al lóbrego pasadizo en el que lo aguardaba Micky. En el preciso instante en que el pie de don Carlos asomó por la esquina, Micky dio un pequeño salto para interponerse en su camino. Agarrándolo del cuello lo introdujo en el callejón y, allí, a salvo de cualquier mirada, lo empujó contra la pared. «¿Otra vez tú, Micky?». Micky lo miraba fijamente. La mano que estrujaba el cuello de la camisa de don Carlos le temblaba. Los ojos de Micky echaban chispas. Su rostro se había enrojecido y desencajado. «Vamos, Micky, siempre lo mismo». Llevó la navaja hasta la garganta de su víctima. La navaja también temblaba. «¡Acaba ya, Micky!». Micky contemplaba el rostro de don Carlos, sus arrugas, la pequeña cicatriz en la frente, sus ojos bondadosos y atormentados, aquellas manos atríticas y descarnadas, don Carlos era todo huesos, aquel frágil cuerpo en sus manos era como un pañuelo, lo escuchaba toser, pensaba en cuánto tendría que haber sufrido ese hombre hombre a lo largo de su vida, ¡siempre fue alquitranero!, pensaba en Rubén, el nieto del anciano, y en Marta, su hija. Lo soltó. No podía. Se dio la vuelta y comenzó a llorar de impotencia. «¿Ya está, Micky? Voy a dejar de pasar por aquí. No es nada personal, ya sabes, es que joder…». Micky escuchó el sonido decreciente de los pasos del viejo que se alejaba. Y su voz, en un alto. «Con ese corazón que tienes…». Micky supo que era verdad. Un secreto del que sólo don Carlos y él participaban. Jamás, por mucho que se afanase, conseguiría ser la bestia que todos imaginaban, la misma que él pretendía.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Micky la Bestia fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

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