Qué quieren que les diga. Yo también sentí vergüenza. Una vergüenza inmensa. La sesión constitutiva de uno de los dos órganos parlamentarios sobre los que recae la soberanía nacional no merece según qué espectáculos. La voluntad ciudadana expresada a través de elecciones libres y generales no puede verse sometida al bochorno y el escarnio que, desde sectores que con su proceder demuestran abiertamente su escasa vocación democrática, se nos brindó ayer. Vergüenza. Indecencia. Una auténtica indecencia.

Y no me refiero al hecho de que algunos representantes electos decidiesen prescindir de chaqueta y corbata –sus señorías no están sujetas a uniforme–, que alguna madre decidiese hacerse acompañar de su bebé o que un numeroso grupo de diputados optase por acatar la Constitución en clave reivindicativa. Nada de esto atenta contra la dignidad del hemiciclo y entra dentro de la normalidad que debe presidir cualquier institución democrática, siendo como es reflejo de la pluralidad de la ciudadanía a la que representa.

Me refiero más bien a ese grupúsculo antisistema que, anclado en lo más rancio de la vieja política, se dedicó a boicotear reiteradamente, con expresiones y actitudes más propias de facinerosos que de cargos electos, la expresión legítima y legal de una parte de los congresistas.

Son ellos los que, haciendo gala de un desprecio intolerable hacia las instituciones y los valores democráticos, pervirtieron y empozoñaron la solemnidad del acto, los que merecían algo más que una llamada al orden y de quienes, desde luego, deberían haberse ocupado hoy todos los editoriales y portadas.

Son ellos los que ponen en peligro la credibilidad del sistema y de la clase política, los que abonan el terreno al desencanto.

Los mismos que, saltándose las más mínimas reglas de cortesía y lealtad política, incluso se permiten dudar arrogante y gratuitamente de la higiene de algunos de los diputados.

Los mismos del «que se jodan» o el «manda huevos», –¡qué honorables prohombres y promujeres!–; los que hace no mucho despachaban las protestas ciudadanas al grito de «el que quiera gobernar, que se presente a unas elecciones».

Los que prefieren los gin tonics a tres y pico euros a la leche materna, el delicado aroma a Chanel a las rastas y el relajante sonido de las puertas giratorias al ruido de la calle. Los que dignifican los escaños echando mano de sus tablets para visitar webs de moda, páginas eróticas o jugar al ‘Tetris’ y al ‘Candy Crush’.

Son aquellos para quienes la democracia sólo es válida cuando son ellos los que ostentan el poder, y no reparan en daños ajenos cuando se ven perjudicados por las urnas.

Son los que, en definitiva, hacen gala de todos los vicios que los españoles y españolas del siglo XXI queremos dejar atrás.

En ‘Por quién doblan las campanas‘, Hemingway los retrataba, con su habitual maestría, en apenas una frase. Un guerrillero español le pregunta al brigadista norteamericano:

«¿Hay muchos fascistas en vuestro país?»

A lo que Robert Jordan contesta:

«Hay muchos que no saben que lo son, aunque lo descubrirán cuando llegue el momento».

Y no digo yo que sean fascistas. Pero lo que transmiten es que como demócratas, lo que se dice demócratas, dejan mucho que desear.

2 comentarios Vergüenza de Parlamento

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