¡Que viene el bobo! ¡Que viene el bobo! Anunciaba cada día. Pero nadie lo escuchaba. ¡Que viene el bobo!, repetía alarmado. ¡Que viene el bobo! Y todos se reían. ¡Que viene el bobo! ¡Que viene el bobo! Y el bobo llegó. Y, antes de que nadie pudiese siquiera improvisar un esbozo de queja, el bobo ya estaba allí, imponiendo leyes, cobrando impuestos y tramando guerras.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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