Por qué, amor, por qué?, clamaba desconsolada frente al cuerpo inerte de su amado, tendido sobre la cama. El hilillo rojo que le brotaba de la boca confirmó su sospecha. Trastornada, cogió el primer cuchillo que halló en la cocina y se lo clavó en el pecho. Cuando él despertó, con algo de migraña y la boca pastosa por el exceso de granadina, la vio tumbada en el suelo, sangrando, con el cuchillo sobre el torso. Enloqueció. ¿Pero cómo? ¿Por qué? Fuera de sí, se arrojó por la ventana. Ella se recuperó del desmayo en unos minutos, justo a tiempo de escuchar el grito de su amado al lanzarse al vacío. En realidad, el corte bajo sus senos era más bien superficial, la impresión por el roce del acero era lo que la había noqueado. No entendía cómo su novio muerto había podido resucitar ni por qué, tras resucitar, había decidido volver a suicidarse. La pena la consumía. Así que volvió a la cocina y abrió la espita del gas. Él, en su angustia, no había reparado en que vivía en un primer piso. Así que la caída solo le había producido alguna rozadura y un pequeño chichón. Volvió a entrar por la misma ventana por la que había salido y, al no hallar el cadáver de su amada, la buscó por toda la casa hasta llegar a la cocina. Allí estaba, inconsciente, lívida, evidentemente muerta. Había muerto ya dos veces esa mañana. No lo pudo soportar. Recordó que tenía una soga en el desván y hacia allí se dirigió dispuesto a ahorcarse. Ella volvió a despertar. Lo único que recordaba es que su novio había muerto y que la cocina era de vitrocerámica, eléctrica. Lo que había tomado por espita de gas era la llave de paso del agua. Entonces, desesperada y frustrada, había vuelto a desmayarse. Escuchó un estruendo. Alcanzó el desván y lo vio tirado en el suelo, con la horca alrededor del cuello. Los ojos como platos. Se los quiso cerrar. Pero él dio un respingo. ¿No estabas muerta? No, el que estabas muerto eras tú. ¿Qué dices? Tú eras la muerta… Y así siguieron discutiendo hasta que ella le espetó: «Debes de ser el Montesco más tonto de todos los tiempos». Y él le respondió: «Y tú, la más imbécil de los Capuleto». Se besaron. Ambos sabían que era la pura verdad.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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