«Es perentorio que hagamos pensar y actuar en cuanto al uso de las nuevas tecnologías, pero si las generaciones más jóvenes no han leído a los clásicos infantiles, si no se les creó el hábito de la lectura, de nada le valen mil libros en una tabla, pues no lo leerán uno siquiera».

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e ha resultado muy interesante la lectura del ensayo ¿Cómo entender la literatura en las nuevas tecnologías? (versión resumida), del periodista y escritor cubano Jorge Santos Caballero, al que pertenecen las cuatro citas que aparecen incluidas en este post. Me ha interesado porque pone sobre la mesa, a través de la promoción de la lectura, un problema más general, de los más relevantes en esta era de revolución científico-técnica, como es el de la relación entre educación y nuevas tecnologías.

«Quizás muchos hasta aprendan a meter los dedos en los teclados y hacer travesuras en cualquier medio digital, pero lo que es leer los mil libros de una biblioteca digital, no, eso no lo harán. Sencillamente, porque no saben leer, no tienen ganas de leer, no se les creó el hábito por la lectura».

Encandilados por unos avances que han revolucionado la comunicación y prácticamente el conjunto de las relaciones y actividades humanas, por ese ir trepando hacia el futuro de maravilla en maravilla, seguimos sin acometer la necesaria reflexión acerca de la calidad y fortaleza del árbol y las ramas que nos sostienen, de abordar las medidas necesarias para que los niveles de desarrollo educativo y cultural, pero también económicos, de la ciudadanía, no queden al margen de este impresionante proceso de transformación.

La efervescencia tecnológica desligada de la cohesión social está condenada a perpetuar y, peor aun, agigantar las diferencias, con unos sectores situados a la vanguardia de la tecnología y el conocimiento, y otros relegados a mera masa clientelar, a la asimilación automática de novedades y descubrimientos sin la necesaria ponderación de su utilidad para la articulación de una sociedad más culta, más libre, más justa, más sabia.

«Yo estoy por las nuevas tecnologías, por su uso y explotación de forma masiva, pero no me dejo atrapar por la simplicidad de lo que implica exaltarlas a planos inusitados por el solo hecho de las ventajas que propician».

Asuntos como el trolleo, las fallas en la seguridad online –ya sea por desconocimiento o inconsciencia–, la propagación de bulos sin contrastar, el progresivo declive en la calidad informativa y lingüística de los medios de comunicación o el mal uso de las redes sociales en contraste con la compra compulsiva de aparatos, la inusitada expectación que despierta cada novedad, por irrisoria que sea, o el seguimiento intensivo en prensa y blogs de los vaivenes de las grandes compañías del sector –la tecnomanía, esa exaltación «a planos inusitados» de la que habla el autor– son algo más que síntomas o indicios: son pruebas evidentes de este desfase entre progreso tecnológico y social, y argumentos más que contundentes para que nuestros gobernantes pongan en marcha de inmediato políticas educativas adaptadas a los nuevos retos y necesidades.

«Primero hay que aprender a leer y, luego, aprender las nuevas tecnologías, porque lo otro sería enfermarnos para después aprender a comer porque no lo hicimos antes».

Sin embargo, no parece que la solución pueda provenir de ese primero aprender a leer y luego aprender nuevas tecnologías que propone Santos Caballero. En una época en que casi toda acción y relación humana está ligada a ordenadores, drones, impresaoras 3D y todo tipo de gadgets, resultaría un tanto ingenuo e incluso temerario aceptar esa dicotomía. Hoy no se trata ya sólo de educar, así, a secas, los sistemas educativos de este nuevo milenio están obligados a educar en, para y con las nuevas tecnologías. Se trataría más bien de aprender a leer haciendo uso de las enormes posibilidades que ofrecen los adelantos científico-técnicos. Del mismo modo, no se trata de promover asignaturas meramente técnicas, cuyo objetivo sea la mera capacitación para el uso de los nuevos dispositivos. Hablamos de un factor transversal: la tecnología ensamblada, como medio de aprendizaje, en el diseño curricular. Aprender a leer –y a pensar y a investigar y a disentir y a conversar– al tiempo que aprendemos a navegar, enviar un correo, protegerte contra el malware o montar un servidor.

Los efectos de la simplicidad, la irreflexión o las pobres estadísticas en los hábitos de lectura son hoy día más evidentes gracias a esa espectacular caja de resonancia que es Internet, pero en ningún caso son producto de las nuevas tecnologías. Una alta proporción de personas no lee libros a través de tabletas, es cierto, pero es que antes tampoco lo hacía a través del papel. Hoy, como ayer, no hay otra forma de cambiar ese estado de cosas que recurriendo a una educación universal efectiva, eficaz, accesible e igual para todos. Siglos y siglos de sistemas educativos analógicos concebidos para preservar elites no han sido capaces de garantizar esa aspiración. ¡Quién sabe! Si logramos que nuestros gobiernos asuman la responsabilidad que estos tiempos demandan, en lo técnico, en lo cultural y en lo social, quizá podamos conseguirlo ahora… pero no a pesar, sino de la mano de las nuevas tecnologías.

1 comentario Literatura, educación y nuevas tecnologías

  1. Sinjania · Taller de Escritura

    Estamos de acuerdo contigo. Se suele demonizar las nuevas tecnologías como si fuesen las culpables de ciertas carencias que, siendo sinceros, vienen arrastrándose desde hace años; entre otras cosas, fruto de un sistema educativo mejorable y de una falta de interés que nada tiene que ver con los «cacharritos» digitales, sino con una falta de cultura generalizada.

    Las nuevas tecnologías pueden proporcionar acceso a información que de otra forma quedaría inexplorada. Solo hay que fijarse en algunas iniciativas llevadas a cabo en países del tercer mundo para darse cuenta de las infinitas posibilidades que ofrecen.

    En lo tocante a la lectura, creemos que habría que preocuparse más de brindar a los jóvenes las opciones para que lean, que los propios adultos lo hagan y que la lectura se convierte en un hábito, no en una obligación.

    Genial post. Saludos.

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