Fue al octogésimo o nonagésimo intento cuando logró por fin encaramarse al arco iris. Había pasado casi toda la vida intentándolo. Saltando. Escalando. Reptando. En ala delta. Con paracaídas. Dejándose llevar por el viento. Surcando el mar hasta el horizonte. Con pértiga. Recitando versos y recetas mágicas. ¡Consiente, oh Arco Iris! ¡Accede, oh arco empíreo! Elevándose en globo. Atado a una bandada de pájaros. Desde un trampolín. Con calzado adherente. Pies de gato… Y ahora flotaba sobre aquel inmenso puente de colores sin tener muy claro cómo había logrado llegar hasta allí. Tampoco podía entretenerse en disquisiciones . Tenía que darse prisa. Estaba a punto de escampar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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