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Unplugged

Al móvil no le quedaba batería y la tablet se le había colgado, así que debía darse prisa para llegar a casa si quería responder a tiempo al tipo que lo había puesto verde en el WhatsApp. Encendió el ordenador, pero la conexión iba superlenta, tanto que a los diez minutos de abrir el navegador la página aún no había cargado. No podía llamar a la operadora. Hacía tiempo que había eliminado el teléfono fijo. Tampoco le hacía falta, se tenía la cantinela bien aprendida: «Hay una incidencia en su zona. Nuestros técnicos trabajan en ello. Esperamos solucionarlo a la mayor brevedad». Enchufó el móvil a la red eléctrica y reinicio la tablet. Tampoco funcionaba la conexión 4G. Tenía que responder a aquel imbécil, pero además ya iba retrasado con la nueva entrada en su blog y tenía pendientes un par de decenas de publicaciones, conversaciones y me gusta en no sé cuántas plataformas de la red social. Corrió al único cibercafé que quedaba en la ciudad, pero la policía lo acababa de precintar por algún asunto relacionado con la piratería. Se acercó a donde Teresa. Le estaban formateando el disco duro. Nicolás llevaba días esperando por un nuevo router. Y Pedro no estaba en casa. Desesperado, abordó a todo con el que se cruzó por la calle, mas nadie estaba dispuesto a dejarle su smartphone a un extraño. Regresó. Seis horas después ya tenía wifi, pero le fue imposible acceder a nada porque se había declarado un conflicto general de DNS a escala planetaria. Ni Twitter ni Facebook ni Google, ni blog ni, por supuesto, WhatsApp. Todo caído. Enloqueció. Tomó tres o cuatro cosas a la carrera, algo de ropa, medio pan, una botella de agua y salió disparado hacia el coche. Nada más arrancar se topó con un atasco kilométrico. Quiso poner la radio, pero en ese momento se le fue al carajo la batería. Salió del auto, se echó a correr y no paró hasta que, seis kilómetros después, exhausto, llegó a la estación de guaguas. Su gozo en un pozo: huelga. Se dio otra vez a la maratón, completamente enajenado, rumbo a las afueras. A veces se detenía y hacía autostop. Nada. Siguió corriendo. Luego, cuando ya no pudo más, prosiguió el trayecto andando. En los últimos dos kilómetros se le vio reptar. Pero llegó. Y desde entonces vive allí, dicen que feliz, sin coche, cables, luz, tablet, móvil ni ordenador, escribiendo majaderías en la pared de una cueva.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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