«Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan».
—Fragmento de ‘Pedro Páramo‘ (Juan Rulfo, en el centenario de su nacimiento)

El forastero contemplaba perplejo que, tal como le habían advertido por el camino, en aquel cementerio sucedía algo extraordinario. Curioseaba desde fuera. Dos puertas. Una en cada extremo del inmenso recinto. Los muertos entraban bien muertos por una y salían bien vivos por la otra. Eso le habían dicho. Era cierto. La multitud a la que acompañaba atravesó el portón principal con el difunto en brazos, desnudo y sin caja, lo depositó sobre la tierra y se retiró santiguándose, musitando plegarias. Al poco, el finado se incorporó y se alejó hasta perderse por el segundo de los portales, como un fulgor, en la distancia. El forastero se decidió a entrar. Observó. No vio tumbas. Ni tumbas ni nada. Solo tierra. Tierra, polvo y un silencio asepulcral por el que se deslizaban ya las primeras sombras de la noche. Sintió un escalofrío. Se rehízo. Salió por donde había entrado. Bordeó el muro exterior, casi a oscuras por un sendero indómito plagado de rocas y de cactus, hasta alcanzar la otra puerta. Exhausto, se preguntó qué pasaría si entrara por allí, invirtiendo la ruta de los resucitados. «Ni se le ocurra», le habían prevenido. ¿Por qué? ¿Desharía el misterio? ¿Descubriría el engaño? ¿Caería fulminado? Cruzó el umbral. Y, para su asombro, se encontró de pronto en otro cementerio, lo que se dice un cementerio. Con sus cruces, sus fosas y sus lápidas. Algún ciprés, dos panteones, ramos de flores marchitas al pie de los sepulcros y pétalos descoloridos repartidos por el suelo. Se estremeció. Se dirigió, atravesando el inmenso camposanto, a la puerta principal, dispuesto a regresar al pueblo a toda prisa. Traspasó el portón. No se atrevió a mirar atrás. Preguntó a todo el que encontró qué, cómo, desde cuándo, por qué y si no les podía el espanto. Nadie contestó. Los aldeanos bajaban los ojos a su paso, se persignaban y lo rehuían. Como si fuese un loco. Un fisgón. Una aparición. Como si hubiesen visto a un fantasma.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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