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Un mundo raro

«Mire papanuel, hágame el favor, que voy con prisas». Ojojou, ojojou, repetía él, implicado. «Ahora no, lo siento». «No, no, gracias». «No te acerques, Borja, que va borracho». Definitivamente, la Navidad ya no es lo que era, pensó. Se sentó en la esquina y echó otro trago. Ojojou, ojojou, repitió para sí, en un murmullo casi imperceptible. Bombilla, con los falsos cuernos de reno ya casi en el lomo, lo miraba con ojos tristes, tendido a su lado. No se percató de la presencia de la pareja de policías hasta que los tuvo encima. «¿Le parece buen ejemplo para los niños?», dijo la que parecía ostentar mayor rango. Él no supo qué decir. «Ande, desaloje la vía pública y váyase a dormir la mona», le instó el segundo. Bombilla dejó de mover el rabo. Ojojou, ojojou, se limitó a responder el viejo. «Será eso o el calabozo, usted dirá». «Soy Papá Noel», farfulló. «Bueno, usted es Papá Noel y nosotros, los Reyes Magos». «Son solo dos». «Cuente al perro». «Vale». Papá Noel se incorporó a duras penas. «¡Es Papá Noel!», protestó de pronto un niño. «No, mi vida, es solo un borracho». «¿Tan ciegos están?», espetó ceñudo el muchacho. Los policías se miraron, incómodos. «¿Dónde están tus padres, pequeño?», quiso saber la mujer. «¡En Belén, con los pastores, claro!». «¡Acabáramos!», exclamó divertida la policía. Entonces Bombilla se transformó en Melchor y algo así como un trineo pasó volando. «¡Anda, vamos, Santa!», dijo el niño al fin, «¡el mundo se ha vuelto tan raro!».

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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