Nunca se había fijado en el cartero. Sí, lo veía con frecuencia, sabía que acudía a su calle puntual, de lunes a viernes, que llevaba cartas y paquetes, que hacía bien su trabajo… Pero si se lo encontrase fuera de su hábitat natural no lo reconocería. Por eso, cuando aquella mañana le dio por reparar en él, notó de entrada algo extraño. Hubiese jurado que era moreno, bien moreno, pero en realidad el hombre que veía perderse calle abajo era rubio. No le dio mayor importancia. Hasta ahí puede llegar la despersonalización en esta sociedad enferma de superficialidad e indiferencia, se dijo. Quiso redimirse. A partir de ahora se fijaría más. Incluso se mostró dispuesto a entablar alguna que otra charla con aquel sujeto que veía desde hacía años, pero al que desconocía. Acababa de jubilarse. Ahora tenía tiempo, todo el tiempo del mundo. A la mañana siguiente se apostó en su ventana poco antes de las diez. Sabía que, más o menos a esa hora, el cartero solía llegar a su calle. Al poco pudo distinguirlo dos manzanas más allá, entrando y saliendo de los zaguanes, charlando con algún dependiente en la puerta de un bazar. Lo observó detenidamente mientras se acercaba. No era rubio ni moreno. ¡Era pelirrojo! ¡Pelirrojo! Y lucía una poblada barba del mismo color. ¡Madre mía!, exclamó para sí, ¿cuántas cosas habré pasado por alto en esta vida? Continuó observándolo día a día. Cada mañana. Parapetado detrás de la cortina. Y cada día el cartero era un cartero distinto. Era el mismo, entiéndase bien, pero sus rasgos físicos y su carácter mutaban, de algún modo, jornada tras jornada. Nuestro hombre estaba fascinado. Pensó que aquello nada tenía que ver con los efectos secundarios de una sociedad alienada, con lo insustancial de esa existencia robótica e inhumana a la que el capital les había abocado. No. Estaba siendo testigo de un prodigio, una maravilla urbana. Se obsesionó con el cartero. Se compró unos prismáticos para poder verlo desde muy lejos. De noche lo dibujaba. Tenía ya un cuaderno lleno de carteros. Hasta que un día, sin poderlo evitar, se vio a sí mismo siguiéndolo. Lo acompañó a una distancia prudencial en su recorrido por el barrio, lo persiguió hasta la oficina de Correos, esperó a que saliera y se subió a la misma guagua que tomó el repartidor en su camino a casa. Allí, en un pequeña plazoleta frente al domicilio del cartero, pasó la noche, esperando verlo aparecer transmutado al amanecer, ser el primer testigo de ese increíble milagro cotidiano. Las seis en punto. Allí estaba. ¡Era negro! Negro como el azabache. No lo dudó. Se acercó al funcionario y le preguntó, sin mediar saludo alguno u otra palabra.

– Usted cambia, cada día cambia.

– ¿Y usted no? –respondió su interlocutor, algo desconcertado.

– Pero usted… Usted es un hombre distinto cada día.

– Disculpe, caballero, se me hace tarde para el trabajo –espetó el cartero, volviéndole la espalda como se le vuelve la espalda a un loco o a un hare krishna exaltado.

El hombre se quedó de pie en medio de la acera. Entumecido por la humedad y el frío de la madrugada. «¿Y usted no?». Echó a andar. Apresuró el paso. Luego rompió a correr como un endemoniado. Hasta que finalmente se detuvo frente a la luna de un escaparate. Expectante, se miró en el espejo. Y vio la imagen de un hombre… al que tampoco conocía.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) –finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997– y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado en ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). (+ info).

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