De natural hipocondríaco. Solo eso. Ni siquiera voy a detenerme ahora en otros rasgos relevantes del sujeto, como su carácter solitario, su extrema timidez y su aversión al sexo, el amor, las letras o la política. A sí mismo. Sí merece ser destacado el hecho de que cada mañana se sometía a un minucioso chequeo. Se miraba la tensión, se examinaba la vista, se pesaba… en fin. Un pequeño escáner y una superapp a 9,99 euros que se había instalado en el móvil se encargaban de todo eso. Luego, ya como repaso final, se revisaba el cuerpo de abajo a arriba con la ayuda de una lupa y un espejo. Al principio no fue más que un diminuto punto gris azulado en una de sus nalgas. No se alarmó. Su piel había sido desde siempre un paisaje fértil, vivo, en constante ebullición. Producía lunares, verrugas, granos, espinillas… como quien produce saliva o sudor. Pero al poco el punto se fue ensanchando y luego mutando, primero en en una especie de grano, y luego en algo así como una verruga inspirada que se transformaba a cada instante. Dudaba entre si sería algún tipo de forúnculo exótico, pústula o herpes disparatados o un claro principio de melanoma. Acudió al dermatólogo. «Esto es algo que desconozco y que la medicina, con los medios actuales, no le va a poder curar». «¿Pero es benigno o maligno?». «¿Benigno, Maligno? Mejor haría usted en preguntar por el sexo antes de ponerle nombre». Con tan enigmática respuesta, volvió a su casa. Ni que decir tiene que, a partir de ese momento, el bulto se convirtió en el centro de su obsesivos reconocimientos. Cuando aquello alcanzó el tamaño de pera adulta y apariencia de feto, se vio obligado a permanecer en cama boca abajo. Solo unos meses después aquel otro ser que crecía sobre su epidermis era ya de su mismo tamaño. Eran como gemelos siameses unidos por la piel. El susto llegó cuando aquella forma avanzada de acné o lunar comenzó a hablar. Pero pasado el susto, lo cierto es que durante mucho tiempo le hizo compañía. Hablaban, discutían, reían juntos, lloraban. Hasta llegaron a las manos en alguna que otra pelea –sí, manos– del todo leve y esporádica. Pero la vida continúa. Y el hombre se percató de que llegado el punto en que el bulto parecía haber alcanzado su máxima longitud, él comenzaba a declinar. Se fue reduciendo poco a poco, en un proceso inverso al que había podido observar en el desarrollo de aquella imperfección gigante de aspecto humano que ahora permanecía tumbada en la cama, boca abajo, como él mismo hacía solo unos meses. Y el hombre menguó y menguó hasta acabar reducido a una especie de verruga, primero, grano después, y por fin a un diminuto punto gris azulado en una de las nalgas. El bulto resultó ser un sujeto optimista. Social, resuelto y apasionado del sexo, el amor, las letras o la política. Incluso de sí mismo. Pero eso sí, no todo iba a ser perfecto, con un grano en el culo que jamás pudo extirpar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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