¿Habrá vida más allá? ¿Otro mundo, otro planeta habitado? Se encaramaba cada noche a aquel promontorio y se dejaba embriagar por la infinidad del cosmos. Observaba el firmamento, las incontables estrellas y galaxias, las lunas, soles, cometas y asteroides. Siempre con el mismo pensamiento, la misma duda, el mismo anhelo en su cabeza. ¿Existirán otros pueblos, otras razas, planetas rosados, verdes, azules… o, tal y como afirman nuestros sabios y nuestros credos somos la excepción, la especie elegida, en este universo? Luego, cuando el séptimo sol oscuro asomaba por el horizonte, cuando era demasiado tarde incluso para ella, descendía por los arroyos encendidos, reptando algo cansada, pero exuberante y ligera, se sumergía en la ciénaga lávica de metal púrpura y, ya en su burbuja de helio, le parecía morir de ternura al encontrar a sus vástagos dormidos, despreocupados, con una sonrisa de antena a antena.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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