Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en (*) app. Cuando sus padres irrumpieron en la habitación extrañados por su ausencia, no hallaron más que la cama deshecha y el smartphone de su hijo sobre las sábanas. Nadie lo había visto ese día, no había compartido el desayuno –como era habitual– con la familia, nadie se lo cruzó en el pasillo o el baño, nadie le había oído cerrar la puerta al salir. Llamaron a su trabajo, mas no había acudido. Preguntaron a su novia, pero tampoco tenía noticias de él. Telefonearon a algunos amigos. Nada. Luego hospitales, sin resultado, y por fin la policía. «Hasta dentro de veinticuatro horas no podemos darlo por desaparecido».

Fue su hermana quien halló su icono en la app store mientras buscaba un complemento para WhatsApp. Era su rostro, inconfundible. Y su nombre, bien claro. Gregorio Samsa. Versión 3.0. Allí estaba, una aplicación sencilla y gratuita. Sin valoraciones, sin descargas, sin referencias. Sólo un par de frases sueltas a modo de descripción:

«Descárguenme, por favor. ¡Soy yo, Gregorio! ¡Gregorio Samsa! Esto es muy aburrido».

Ya veremos, dijo la hermana. Últimamente no se llevaban muy bien. Pero creyó prudente comunicárselo a sus padres. Y éstos a la policía. «¿Ven? Suelen aparecer de repente en el noventa por ciento de los casos». También al gerente de su oficina. «¿Gratuita, dice?» Y a su novia. «Ah, sí, ya lo veo en el buscador». Y ésta, a sus allegados, amigos y amigas.

No hubo pesar, escándalo ni drama. Nadie iba a notar en exceso la diferencia. Gregorio se pasaba dieciséis de sus dieciocho horas de vigilia enganchado al móvil o al ordenador. Y a través del móvil y el ordenador se comunicaba. Su presencia física era más bien escasa. Bien visto, era una ventaja poder disponer de él a voluntad. Porque, por lo demás, el chico era un auténtico coñazo. Bastaría, si era menester, con deshabilitar las notificaciones.

Y ahí quedó, pues, el hombre, compitiendo por la atención de sus seres queridos –y de un número incalculable de posibles nuevas amistades– con Facebook, Twitter, YouTube, WhastApp, Crossy Road, Candy Crash, Frozen, Snapchat o Instagram. Y, aunque en los primeros días llegó a alcanzar un respetable número de descargas y un cierto nivel en las estadísticas de uso, poco a poco, con el tiempo, fue perdiendo interés. Su engadgement fue menguando, hasta caer en el olvido.

Sin promociones, sin concursos, sin actualizar, las expectativas de mercado eran escasas. Demasiada competencia. Obsolescencia vital. No programada. Gregorio Samsa versión 3.0 acabó sus días reducido a icono pintoresco relegado a la cuarta o quinta pantalla en el móvil de una vecina geek. Sólo hallaba consuelo cambiando de cuando en cuando el texto con el que se presentaba.

El último que recuerdo decía:

«Me iría mejor de cucaracha».

(*) Ahora vas y lo kafkas

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) –finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997– y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado en ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). (+ info).

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