Sufría por un amor imposible. Se había enamorado sin querer. Una tarde tonta. Un instante tonto. Y toda una vida de estéril arrebato. No le dijo nada. ¿Para qué? No temía ser rechazado —con eso contaba—, temía un desplante, un desprecio, una burla o algo peor. Se limitaba a dibujar su rostro en retratos torpes e inexactos sobre folios, cartones, lienzos, manteles, tablas y cualquier otro soporte que tuviera a mano para luego distribuirlos por las paredes de su habitación. Sus amigos le habían dado de lado. En el barrio lo tenían por loco. Abandonó el trabajo, las salidas, la salud, se abandonó él mismo todo, entregado a ese amor absurdo como quien se entrega a la frígida indiferencia del mar dejándose arrastrar por la corriente. Tantos rostros dibujó, y tan diferentes en su impericia, que llegó a olvidar el auténtico semblante de su amada. Desesperado, quiso salir en su busca, hallarla, contemplarla y volver a rehacer en su memoria cada trazo de su cara, cada arruga, poro y accidente. No la halló. Le dijeron que se había trasladado con su marido, nadie sabía a dónde, hacía ya unas semanas. Regresó a casa en silencio. Se lanzó sobre la cama y contempló todo aquel arsenal de rasgos y facciones, los miles de semblantes que había perfilado en su encelada locura. Si no eran Patricia, ¿quiénes eran aquellas que en silencio lo observaban? ¿A quiénes pertenecían esos rostros? Le dio igual. Les puso nombre, les tejió historias, les regaló temperamentos, virtudes, defectos e identidades. Se enamoró de todas. Una tarde tonta. Un instante tonto. Y ya no se movió más, inerte sobre las sábanas hasta desaparecer, consumido en su obsesión por tanto amor virtualizado.

 

Un saludo,
Manuel M. Almeida

2 Comentarios

  1. Es el segundo relato que leo tuyo, gracias a Olivia Falcón que lo compartió en su muro. Creo que he hallado un escritor magnífico. Un cuento como este me gustaría haberlo escrito a mí. Te felicito, Manuel Almeida.

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