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Sherezade

La descubrí en el persa. A tres mesas de distancia. Dos almas solitarias ávidas de bagalí. Ella me miró de soslayo tras despacharse un buen lavash. Yo tracé señales de hummus a las que no correspondió. Se marchó tras el fereni amagando una sonrisa. Yo quedé allí, atrapado, entre el kashke y el abgusht. No he vuelto a saber de ella, de sus ojos almendrados. De aquella piel de canela y fragancia de jazmín. Deambulo como un necio por el Caspio y el Esfahan. Me siento en cualquier mesa y tarareo un ruba’i. Espero inútilmente. Como un yinn desengañado. Como un sultán desahuciado en un cuento sin final.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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