No se percató de que era el personaje de una novela hasta el capítulo diecinueve, cuando al autor le dio por introducir el giro más rocambolesco que pudo imaginar para intentar concluir aquel maldito trabajo que debía entregar en menos de una semana. Novela negra filosófica. Al escritor le pareció genial. El protagonista toma conciencia de sí mismo, no como el ser real que imaginaba, sino como el ser imaginado que realmente es. A Samu el Cejas Estévez, sin embargo, el detective que había encandilado a millones de lectores en el planeta y que se veía a sí mismo como el tipo más independiente, libre y rebelde en cien ciudades a la redonda, aquello le sentó como una puñalada. Su fama de sagaz, osado, malote y rompecorazones se tambaleaba. Ahora sabía que no era más que un pelele, como lo eran todos los que lo rodeaban, el producto de la mente calenturienta de un escritor desalmado. Ahora sabía también de lo falaz de su autoestima y de su fama. Jamás había resuelto ningún crimen: el detective y el asesino eran siempre el escritor. Pero en su mundo de sórdidas tramas solo él parecía tener conciencia de ello. Eso lo alivió. Viviría su vida como pudiese aunque fuese una vida figurada. Un secreto entre él y el autor. A menos que el autor, una vez más, lo traicionara.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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