Le escribió un poema. Allí. En la misma playa. Unos versos que Idaira jamás vería, que ya no podría leer. Luego esparció sus cenizas por la orilla tal como ella, en el lecho de muerte, le había encomendado. Un poema, sí. Un mensaje cifrado. La poesía es más que palabra, decía, es imagen y es movimiento, partículas de una energía singular, ondas que trascienden el continuo espacio-tiempo, agujero de gusano. «En este mundo otra vida no hay, eso lo sé, pero quién sabe si este mundo no es sólo uno entre muchos; si, como teoriza la ciencia, cada uno de nosotros se encuentra repetido, como en ecos dispares de nuestro yo, en múltiples universos paralelos. Si la realidad no es plana, no es única, no es finita; si, como la propia poesía, no es uni, sino multiverso». ¿Qué podía perder escribiéndole un poema a la mujer amada, a la mujer perdida, al eco de la mujer que quizá permaneciera intacta en algún otro tiempo o espacio? «Si hay un lenguaje cuántico, un código de comunicación entre universos –pensó Ancor–, sin duda es el de la poesía.

Idaira vestía de blanco. Se había asomado a la ventana de su módulo flotante para contemplar el juego de luces del atardecer sobre la bahía tras otro duro día de trabajo. Miraba el mar intentando olvidarse de maridos, niños y monotonías, desprenderse de las ideas y los reproches que la atormentaban. Sobre el horizonte irisado germinaban tres lunas. Entonces se detuvo en la luz, en el reflejo de un rayo herido sobre la superficie del agua. Sintió un escalofrío. Su mente eclipsó, y sobre ese lienzo oscuro comenzaron a surgir estelas, runas indescifrables, trazos vaporosos sin sentido. Algo que no discernía, pero que de alguna forma vislumbraba, como un vago recuerdo, un sentimiento perdido, una luz que se precipitaba hacia ella desde el otro extremo de un túnel. Algo que, en cualquier caso, la reconfortaba y en lo que se reconocía. Volvió en sí. Suspiró. Le pareció percibir ternura en un rostro difuso que tampoco identificaba. Cerró los ojos. Se ovilló en el catre. Abrazó la almohada.

En la orilla de su realidad, Ancor observó fascinado cómo el mar se empeñaba en devolverle a tierra, una y otra vez, las cenizas.

A Luis Junco Ezquerra y sus mundos entrelazados

(*) Piel de manzana: «El término ‘agujero de gusano’ fue introducido por el físico teórico estadounidense John Wheeler en 1957. Proviene de la siguiente analogía usada para explicar el fenómeno: si el universo es la piel de una manzana y un gusano viaja sobre su superficie, la distancia de un punto de la manzana a su antípoda es igual a la mitad de la circunferencia de la manzana, siempre que el gusano permanezca sobre la superficie de esta. Pero si, en vez de esto, el gusano cavara un agujero directamente a través de la manzana, la distancia que tendría que recorrer sería considerablemente menor, ya que la distancia más cercana entre dos puntos es una línea recta que une a ambos». (Fuente: Wikipedia)

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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