Todo sucedió de forma muy lenta. Al principio sólo pude apreciarlo en la expresión irascible de mi hermana. Luego, como un virus zombi o una estrategia de posesión de cuerpos y almas ejecutada por seres de otro planeta, el mal se fue extendiendo, poco a poco, primero a mi círculo más cercano y luego, como una onda que se proyecta en el agua, a todo aquel con el que me relacionaba. Mi hermana llegó a llamarme idiota. Jamás se había dirigido a mí en esos términos. Decía que no le hablaba, que no le respondía. Y yo no paraba de hablar. Se vuelven como sordos o autistas. No sé exactamente qué ocurre ni cuál es el proceso. Pero los incapacita. Luego, mi madre. Mi esposa. Mis amigos más queridos, los del jueves en el bar y las tardes de domingo, comenzaron a mirarme con esa misma expresión turbada. El vecino, el sanitario, el de la ambulancia, el neurólogo, el psicólogo, el tipo que se quiso hacer pasar por psiquiatra. Todos se habían vuelto víctimas de aquel mal. En todos ellos, aquella especie de locura epidémica se fue manifestando de forma progresiva. No oyen ni escuchan. Se sitúan ante mí, me examinan y callan. Yo les hablo. Pero ellos no paran de pedir que les hable. ¿Y qué podía hacer yo? Quizá la única persona sana sobre la faz de la tierra. ¿Qué podía hacer más que hablar y hablar aunque todos me ignoraran? Así fue como sucumbí a la ofensiva. Con la cabeza bien alta. Quise huir, pero no pude. ¡Son tantos, y tan agresivos! Ahora, que sé que la civilización toca a su fin, permanezco en esta celda aislada a la espera del momento oportuno, la menor distracción o descuido, para escabullirme. Huir al monte o al mar. Y allí poder proseguir con este monólogo eterno que la humanidad contaminada es incapaz de escuchar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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