Cada noche, al abrir la puerta, el mismo espanto. Y luego, al intentar dormir, el ruido del viento meciendo con mano invisible los goznes y la madera. Aquel sonido estremecedor. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. La casa se había poblado de fantasmas, espectros inmundos que no le dejaban conciliar el sueño. Almas torturadas y quejumbrosas crujiendo al unísono con la puerta. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Seres de ultratumba, demonios resabiados, espíritus recluidos. Ya podía abrir o cerrar los ojos, rendirse a la vigilia o refugiarse en el sueño que todo, todo era pesadilla. Por allí pasaron médiums, videntes, parapsicólogos, gurús, zahoríes, sacerdotes, santeros y exorcistas, unos con estrafalarias máquinas de manivela, lámparas y luces ultravioleta, otros con sahumerios y escapularios, péndulos, ingenios radiestéticos adaptados, patas de gallina, grabadoras, cámaras, detectores de ectoplasma, cruces, estacas… En vano. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Ñiaaaaccc. Día tras día. Mes tras mes. Año tras año. Hasta que un frío atardecer de invierno sintió una llamada, algo o alguien lo reclamaba desde la distancia como en un eco lejano, un murmullo gutural e indescifrable. Desesperado, siguió el rumor por calles y plazas, en sórdida penumbra, hasta darse de bruces con una ferretería. Allí, entre cajas de tuercas y testigos acerados, le fue amablemente revelado un antiguo secreto. Untó con aceite, atornilló lo desatornillado, ajustó lo desigualado, siguiendo al pie de la letra las indicaciones del maestro ferretero. Y cuentan que a partir de esa noche el hombre pudo al fin descansar, pues no solo desapareció el maléfico ñiaaaaccc ñiaaaaccc sino, como por arte de sortilegio, toda la caterva de espantajos que otrora lo atormentaban.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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