Martes. Trece. Asomó un ojo palpitante a través de las sábanas. Tal como temía, estaban todos allí: el gato negro, la sal derramada, el cuadro torcido, el paraguas abierto, las tijeras en equis, el sombrero y unas monedas justo a su vera, el espejo roto, la escalera apoyada en la puerta, su pie izquierdo con calcetín rozando el suelo, el traje amarillo, la mecedora y su emancipado balanceo, el bolso en el suelo… No sabía cómo ni quién los convocaba (¿él?). Pero al despertar de cada martes y trece, indefectiblemente, se presentaban allí, en su dormitorio, sobre o alrededor de su cama. Y como cada martes y trece, le resultaba imposible incorporarse. Sólo se sentía capaz de observar aterrado aquella amenazadora congregación con un único ojo abierto palpitante desde debajo de las sábanas. Pensaba que bastaría un movimiento, un gesto equivocado, para que la maquinaria de la desventura se pusiera en marcha y todo clase de infortunios cayera sobre él. Escuchó la voz de su madre, de su padre y de su hermana. «¿Dónde estás?». «¡El desayuno se enfría!». «¡Se te hace tarde para el cole!». Pero él no se atrevía ni a responder. Hasta que su madre irrumpió en la habitación y corrió las cortinas. «¿Qué te pasa? Te vas a perder el coro de los viernes». «¿Viernes?». «Sí, viernes, ¿en qué mundo vives?». «¡Maldita sea!» Eso cambiaba las cosas. Y era cierto. Volvió a mirar, ahora con los dos ojos bien abiertos. Uf. En la habitación no había nada fuera de lo normal. Se levantó apresuradamente e igual de apresuradamente se vistió. Se acercó al baño. Bebió a toda prisa algo de leche. Antes de salir echó un ojo al calendario del móvil. Viernes, sí… ¿Viernes trece? Cruzó con paso sigiloso el pasillo. Se apoyó en la pared justo al lado de la puerta. Asomó la cabeza y miró de reojo la habitación. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! El gato negro le sonreía desde la cama.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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