Debo tener cuidado con los lagartos. Están siempre al acecho. En cuanto me despisto se acercan sigilosos al brote y tratan de devorarlo. Sigilosos, pero veloces. Creo que así, de algún modo, se vengan. Yo me alimento de lagartos. Ellos se alimentan del drago. El drago se alimenta mí. Se alimenta de mis lágrimas. No, no de lágrimas. Ya no habrá más lágrimas.

He aprendido mucho sobre lagartos. He aprendido a cazarlos, sí, pero también a conocerlos. Diría que cada uno tiene su propia personalidad. Siempre pensé que la personalidad era cualidad exclusiva de la persona. Personalidad versus animalidad. He mirado en el diccionario. De las ocho acepciones, siete están referidas expresamente a personas. Solo una, la octava, deja una puerta abierta. Habla de «sujeto inteligente». Los lagartos lo son. ¡Vaya si lo son! Definitivamente, puedo hablar con propiedad de la personalidad del lagarto.

Me desafían abiertamente. Saben que constituyen casi mi único alimento. Pero están por todas partes. Como no hay noche, se refrescan soplándose unos a otros, guareciéndose a la sombra de las casas o aprovechan el menor indicio de brisa. Ayer vi a seis lagartos en círculo, observándose. Abrían y cerraban la boca alternativamente, como si charlaran. A veces creo que no es que se soplen para aliviarse el polvo y la temperatura, sino que hablan. Que hablan entre sí. Este sol me está volviendo loco.

Los cazo a mediodía. Aquí siempre es mediodía. Ya tengo maña. Me siento en alguna roca. Me hago el despistado. Y nunca falta el que trepa por mis piernas. Entonces, con un movimiento súbito lo atrapo. Lo aso y me lo como. Antes corría tras ellos. Como ayer, con el conejo.

Me desafían. O se ofrecen. He llegado a pensar que se entregan, que se inmolan. ¿Por qué? ¿Por mí? ¿Seré el dios de los lagartos? Eso no tiene sentido. Soy yo quien les reza, quien les dedica una oración, quien agradece su sacrificio. Tras cada almuerzo.

En mi casa viven tres. Se pasan allí todo el tiempo. Por el suelo, por el techo, encaramados a los muebles, sobre la cama. No hacen otra cosa que observarme, abriendo y cerrando la boca. Igual quieren aliviarme de este asco con su aliento. A veces imagino que me hablan. Estoy perdiendo la cabeza. Estos tres están a salvo. Por ahora. Hasta les he puesto nombre: Prudencio, Echeyde… Hay uno menudillo, pálido, de ojos saltones. A ese lo llamo Dacelia.

Dacelia…

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) –finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997– y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado en ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). (+ info).

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