Se dieron un beso profundo cerrando apasionadamente los ojos. Al abrirlos vieron que se habían adherido. Labio con labio. La una al otro. Jamás pudieron separarse. Ni cuando se vieron sorprendidos por el inevitable hálito del desamor. Todo lo hacían de reojo. De reojo observaban el mundo. De reojo firmaron el divorcio. De reojo andaban por las calles. Una de frente. El otro, reculando. Uno hacia adelante. La otra, en retroceso. Respiraban de reojo, comían de reojo. Hasta hablaban de reojo. La gente también los miraba de reojo. Siempre unidos. Siempre juntos. Siempre tan labioatados… No les quedó otra que volverse a enamorar. Resignados al beso profundo y apasionado hasta el final de sus días. Los hallaron muertos en la cama en posición de ósculo eterno. Uno, de muerte natural. La otra, de espanto. Los enterraron en la misma tumba king size. Solo hubo una lápida, la misma para ambos. Y en fina letra adornada, «Fuerte amor más pegajoso». Un singular epitafio.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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