Tenía miles de zapatos. Millones de zapatos. Vivía para los zapatos. Acumulaba zapatos. Cambiaba de zapatos diez o doce veces al día. Dormía con zapatos. Se duchaba con zapatos. Se lanzaba al mar o a la piscina siempre con zapatos. Hacía el amor con zapatos. Escarpines, sandalias, zuecos, manoletinas, mocasines, náuticas, deportivas, calamares, chancletas, babuchas, bailarinas, vaqueros, botas, botines, tacón alto, tacón medio, tacón bajo, plataformas, tacón cubano, de aguja, bobina, cono, kitten heels, macizo, cuadrado, más siete, cuña, de esparto, madera, tela, plástico, cuero, piel, lona, algodón, satén, cristal, metacrilato… Comía zapatos. Devoraba zapatos. Acunaba zapatos en su regazo. Hablaba con los zapatos. Reía con los zapatos. Lloraba también. A veces. Con sus zapatos. Se casó con un zapato. Un zapato con un príncipe incrustado. Ahora era reina. La reina de los zapatos. Se gastaba el presupuesto familiar en zapatos. Y después, el presupuesto nacional en zapatos. La patria entera trabajaba para sus zapatos. En la cabeza no llevaba pamela, sino zapatos. De las orejas le colgaban zapatos. Collares de zapatos. Su falda era un zapato y su vestido, un zapato. Le ponía zapatos a sus zapatos. Soñaba con zapatos. Zapatos, zapatos, zapatos y más zapatos. Y cuando ya no podía más, se consolaba comprando otros cien o doscientos pares de zapatos. Un día vio a un niño famélico y descalzo. Eso la conmovió. Luego vio que había otro. Y otros. Se emocionó. Cogió a dos de ellos dulcemente entre sus manos. Y se los puso de zapatos.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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