Una imagen fija. El tipo siempre sentado en la puerta del garaje. Sucio y desaliñado. No pedía. Se limitaba a permanecer allí, sentado, con su tetrabrik de vino blanco a un lado y su pila de cartones y cochambrosas mantas al otro. Su única ocupación del día consistía en espantar a la mosca. Literal. Una mosca en concreto. Nadie podría asegurar que fuese la misma. Pero o era la misma o se turnaban para atormentarlo. Por que era una. Una cada día. Una jodida mosca. Azul-verde metalizado. Enorme y ruidosa como un helicóptero de combate. El tipo se pasaba el día bregando con ella. Maldiciéndola en voz alta. Esgrimiendo servilletas, pañuelos, alambres, palos, lo que tuviese a mano para repelerla. Maldecía a la mosca y se maldecía a sí mismo. A su estado de abandono. A su olor. Al polvo que lo rodeaba. A la suciedad con la que convivía. Al alcohol. Pero la mosca… La mosca era su Voldemort, su gran rival, su tormento, su amenaza cotidiana. Así se pasaban el día. El tipo y la mosca. Al caer la noche, se establecía una especie de tregua. La mosca desaparecía y el hombre desplegaba sus mantas y sus cartones, y dormía hasta que clareaba la mañana. Todo cambió la noche en que se lo llevaron los servicios sociales. Una semana después retornó hecho un palmito. Bañadito, con el pelo cortado y afeitado. Ropa limpia, olor neutro. Dijo que ahora le permitían dormir en un albergue y que allí lo obligaban a ducharse y asearse cada mañana. Que estaba bien. Comía caliente y había comenzado a disminuir la ingesta de vino. Nadie entendió por qué regresó. Ni por qué siguió regresando día tras día a la puerta del garaje. Se sentaba y esperaba. Ahora se pasaba el día así. Melancólico. Mirando a un lado y a otro. Al cielo, al aire, a las esquinas, la basura, los rincones. Nadie entendía. Pero él sabía muy bien qué buscaba. La mosca. Aquella mosca que, de tanta refriega y tanto roce se le había metido en el alma. El tipo estaba allí por la mosca. Su mosca. Con el tiempo comenzó a llamarla. Hasta le puso nombre: Fabiola. ¡Fabiola! ¡Fabiola! ¡No me dejes, vuelve! ¡Ven, Fabiola! Comenzó a verter miel a su alrededor, a trocear comida. Comenzó a dejarse ir otra vez, a abandonarse. Volvieron el olor y el polvo, los tetrabriks y los cartones. Pero nunca volvió Fabiola. Y el tipo murió al poco. Allí mismo. En la puerta del garaje. Para unos de viejo, para otros de pesar y para lo más, de mero delirium. Tremens.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) –finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997– y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado en ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). (+ info).

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