Observa. El ojo embutido en el visor. Solo el mar sereno y la roca bañada en espuma en un encuadre casi perfecto. Mira ahora al natural. Y lo que ve es el amplio paisaje de la playa, la arena húmeda, el mar sereno, esa roca de su objetivo y decenas de rocas más. Al natural, el encuadre es siempre perfecto. Entonces, ¿de dónde sale?, ¿cómo surge?, ¿de qué alucinante quimera emerge esa figura que aparece al revelar? Lleva diez días así. Como loco. Al fotógrafo de la naturaleza se le ha adherido un fantasma. Una mujer vestida de blanco. En cada toma. En cada foto. En cada encuadre. Ha limpiado a fondo el cuerpo de la cámara, el sensor, los objetivos. No es una mancha. No es polvo, suciedad, reflejo. Es la imagen nítida de una mujer siempre de espaldas. Anda días sopesando la idea de acudir al oftalmólogo, al psicólogo, a un parapsicólogo, a cualquier x-ólogo que lo pueda des-ologuear. Pero antes quiere realizar esa prueba. Ya lo tiene todo listo. Corrige la exposición, asienta el trípode, comprueba el enfoque. Dispara. Son diez minutos. Se le hacen un mundo. Listo. Envía el raw al móvil vía bluetooth. Abre el archivo. Allí está. Ella. De espaldas. Tendida sobre la roca en espuma sobre el mar sereno. Es muy tarde, piensa. En nada caerá la noche. Siente una caricia. Una mano como de brisa roza su mejilla. Vuelve la mirada. Es ella. Al natural. Vuelve a mirar el móvil, pero ahora no ve nada. Nada más que el mar sereno y la roca bañada en espuma en un encuadre casi perfecto. Ella ríe. Él vuelve a mirar. Y ahora siquiera hay móvil. Ni móvil ni trípode ni cámara. Sólo sus manos abiertas frente al mar sereno. Él mismo es una silueta tendida sobre una roca lejana. Abrazado a una mujer. De espaldas. Desdibujados por la primera luz del crepúsculo sobre el mar siempre sereno en un encuadre más que imperfecto. Pero eso ya le da igual.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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