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In crescendo

Todo sucedió en cuestión de segundos. Sonó el timbre del portero automático al tiempo que un insistente riff de guitarra le urgía a ocuparse de una llamada en el smartphone. A continuación fueron el teléfono fijo, la lavadora y el microondas los que comenzaron a zumbar. Un pitido intransigente le urgía a cerrar la nevera. Quiso atender todos los requerimientos, pero no atendía ninguno. Paralizado, como si su cerebro fuese incapaz de establecer urgencias o prioridades, casi se había decidido a descolgar el móvil cuando recibió cuatro timbrazos de WhatsApp, una campanilla de correo electrónico, dos maracas de cita en el calendario, tres marimbazos de Messenger. La alarma del reloj de sobremesa le recordaba que ya era hora de ponerse en movimiento. Secadora y vitrocerámica se sumaron al concierto con una serie interminable de chirridos intermitentes al que pronto se unió el apremiante silbido de la tetera. Una conocida melodía en el televisor informaba de que el bloque de publicidad había terminado. Transpiraba. Jadeaba. Agudas señales acústicas de su Apple Watch le advertían de un notable incremento del ritmo cardíaco. Otras, un tanto más graves pero igual de cascabeleras, hacían lo propio con la tensión. El tipo era incapaz de mover un músculo, colapsado. Un pandemónium, una sinfonía dodecafónica de timbres, tambores, sirenas, llamadas, címbalos, campanillas y silbidos se había adueñado de la casa y lo habían transmutado en una suerte de perro de Pavlov, pero a lo gato de Schrödinger, en un nivel próximo a lo cuántico. De Pavlov, sí: salivaba a cada estímulo. De Schrödinger, también: se sentía uno y mil. El último silbido que escuchó provenía de sus oídos. Como si su propia mente quisiera avisarle de algo. Luego ya no escuchó nada. Ni siquiera el ensordecedor ¡uuuuh, uuuuh! de la ambulancia.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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