Se dijeron adiós entre lágrimas, conscientes de la fugacidad del instante. Susurros desgarrados. Besos concisos y afligidos, trémulos por la inminente ausencia. Ella tenía que partir, era ineludible, pero ninguno podía soportar la idea de una separación tan larga. Él dijo que enloquecería. Ella lo retuvo con todas sus fuerzas. ¡Llama!, ¡wasapea!, suplicaban. Amores trágicos, sí. Turolenses, odiseos, eneidos y troyanos. Gara y Jonay. Arwen y Aragorn… Suspiraron. Se miraron fijamente, maldijeron el espacio y el tiempo, y volvieron a fundirse en un abrazo infinito. La noche cayó sobre sus cuerpos como un telón rasgado. Él la vio partir en silencio. Ella se deslizó por la calle, triste como una escorrentía. Volvió una, dos, tres veces la mirada. Hasta perderse tras una  esquina. Y así igual, cada ocaso, erre que erre, cual pubescentes prometeos, siempre que volvían del instituto.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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