El sospetxoso a sido localizado. La academia a establecido un perímetro de seguridad en torno a la acienda. Los veículos de la manzana an sido retirados. Los cuerpos ortográficos toman posiciones, mientras los francocorrectores controlan puertas y ventanas. Sobre sus cabezas revolotea un elicóptero. El profesor Tapias se acerca lentamente al edificio megáfono en mano. Se detiene. «¡Ernández, está rodeado!». No se oye nada. Uele a tierra y umedad en el barrio. La lluvia a empapado la ligera capa de ojarasca que cubre la tierra. «¡Ernández! ¡Vamos a entrar!». Se oye un leve crujido. Un ombre de aspecto osco, uraño, aparece tras la puerta. En una mano, una pluma; en la otra, envuelta en umo, un abano. «¡Libere a la reén! ¡Esto se a acabado!», advierte el profesor. «¡No sé de que me abla!», vomita Ernández. «¡Nos tiene artos! ¡Sabemos que es usted poeta!». «¡Mierda!», masculle el acorralado. «¡Ande, aga el favor», insiste Tapias, «déjese de istorias, suelte la pluma y devuélvanos la atxe ilesa!

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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