Se enfrentó al espejo, siguiendo la misma rutina de cada mañana. Y allí estaba esa barba, la misma barba entrecana, espesa, sucia y descuidada que lo atormentaba desde hacía tiempo. Cogió la navaja sin demasiada convicción y comenzó a rasurarse el bigote. Luego las patillas, las mejillas, los laterales del rostro y el cuello. Los ojos siempre cerrados. Se conocía la técnica de memoria. Siguió con el mentón y se esmeró en el contorno de los labios. Alzó la vista con recelo. El hombre con barba seguía en el espejo. Echó mano de la maquinilla eléctrica. Luego, de su flamante Fusion-Progliden-Power-con-Tecnología-Flexball de cinco hojas. Calentó cera y la esparció por toda la extensión de aquel felpudo invulnerable. Pero ningún método, artilugio o estrategia lograba contradecir al espejo. Desesperado, comenzó a arrancarse el vello, pelo a pelo, primero con pinzas, después con sus propios dedos. Papel de lija. Sintió que sangraba, que hilos de líquido cálido y viscoso corrían por su rostro. Miró una vez más. Nada. Su yo con barba persistía. Se retiró. Abatido. Un día más. Una semana más. Un año más. Un siglo más… Huérfano de realidad, reo de su reflejo.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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