No podía con el microrrelato. Por mucho que lo intentaba, jamás le salían menos de once páginas. Comenzó una novela, pero no pudo pasar del primer párrafo. Probó con el guión, pero pronto se percató de que aquello era teatro. Escribir un cuento le minaba la autoestima, pues a cada una o dos frases le asaltaba una rima.
Cuando acometía un poema,
era prosa y solo prosa
todo aquello que surgía
de su mente torturada.
¿Aforismo? ¡Oraciones complejas, descompuestas, descoordinadas e insubordinadas! Si escogía ficción, se sorprendía reflexionando sobre temas de actualidad; y si se daba al ensayo, todo era fantasía.

Un día probó a escribir sin más… ¡Y le supo!

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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