El tipo escupe sobre la acera y entra en el bar. Su andar es líquido, elástico. Su pelvis se bambolea. Sortea tres o cuatro mesas y se aproxima a la barra. Sin siquiera comprobar si el camarero lo atiende, suelta un «Uisi». Nada ocurre. El tipo se frota el mentón con una mano y se lanza a un nuevo intento: «Isqui». El camarero parece reparar en él, pero se limita a sonreír a un cliente cómplice que le hace señas con una ceja. El tipo da media vuelta, se vuelve hacia la sala y comienza a cantar: «Pero que iene la sarsamora pros rincooones». El camarero se acerca, acariciando con la bayeta el reborde de una copa añeja. «Perdón, señor, aquí no se puede cantar». «Ni bebel, proqueveo». «¿Qué va a tomar». «Uisk» «¿Uisk?, ¿whisky?». «Uis isky. Eso». El camarero le sirve un vaso. El tipo se lo acaba de un trago. Deja una moneda y se va, entonando muy bajito La sarsamora mientras sortea tres o cuatro mesas de camino a la calle. Sale. Mira a ambos lados. Se concentra en un punto distante al otro lado de la calzada. Cruza con su paso líquido el líquido asfalto, casi tan líquido y elástico como el líquido y elástico espacio que lo rodea. Le parece ver en su destartalado reloj de muñeca que no son más de las ocho y media. Escupe sobre la acera. Y entra en el bar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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