Iba desnudo, pero nadie lo notaba. Siquiera percibían su cuerpo en el mosaico de adoquines, ramas, hojas, bolardos, ventanas y escaparates que constituían el lienzo por el que transitaban. Y eso era así porque iba completamente tatuado. De pies a cabeza. Primero fue un punto verdeazulado entre el índice y el pulgar, luego una pequeña mariposa a la altura del coxis, un yin yang sobre el tobillo, una cruz en la espalda, una cadena al cuello. Luego llegaron las serpientes y los dragones, los panoramas, los barcos, las flores, los rostros y las frases en latín, japonés, griego y ruso. Él mismo era un tatuaje en el paisaje urbano, un existir camuflado en el collage de la apariencia, una diminuta marca, un yo ornamental sobre la piel del planeta.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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