El paisano se cruza con el escalador cuando éste está a punto de alcanzar la base de la montaña. Se dan los buenos días. La montaña es una roca inmensa que se alza unos cuatrocientos metros hacia un cielo levemente púrpura a esa hora de la mañana. El paisano tiene prisa porque es cartero –los carteros siempre tienen prisa–, y ha de entregar la correspondencia a otros paisanos que moran en las casitas desperdigadas por los rincones de aquella accidentada comarca. Pero hoy se detiene. Contempla cómo el escalador se ajusta el arnés, revisa las cuerdas y los mosquetones, cuenta los clavos, los frenos, los aseguradores, se coloca el casco y se calza los pies de gato. Observa cómo el escalador encara el primer tramo del ascenso por una zona relativamente accesible y cómo, en apenas unos minutos y sin aparente dificultad, alcanza un saliente a cincuenta metros de altura. Ahora viene lo peor. El paisano se pregunta cómo puede una persona decidir poner en riesgo así su vida. Abandonar su casa, a sus seres queridos, amigos y encomendarse a una empresa tan improductiva como temeraria. El escalador ha de ser por fuerza un tipo solitario y desgraciado, sin nada que perder. El escalador trepa ahora lenta y trabajosamente sobre una pared lisa y pulida. A cada instante se detiene e inserta un clavo en el surco que cientos de escaladores antes han abierto en la vieja vía. El paisano se sienta sobre una piedra junto a una tabaiba y lía un cigarrillo. Mira allá arriba, donde el escalador se afana en superar otro saliente, balanceándose para tomar impulso, y saborea la primera bocanada de humo. Imagina que el escalador es una araña colgada de su hilo, una araña doméstica, minúscula: ese tamaño tiene. Si el escalador tuviese trabajo, ocupación, responsabilidades, no se entregaría a estas locuras. Quién sabe qué lo ha traído hasta allí. Un amor herido, la bancarrota, la melancolía. O quizá la mera pretensión, la sed de vanagloria. O tal vez la memez más absoluta. Quién era él para juzgar. Pero normal, muy normal, lo que se dice normal a él esta gente no le parecía. Ya está el escalador a unos metros de la cima. Ya culmina. Ya abre los brazos como si su misión fuese sostener el universo. Ya eleva la cabeza como quien se baña de luz de mediodía. Ya se sienta. Ya da buena cuenta de un bocadillo. Y todo esto el paisano lo ve en silueta recortada sobre un azul inmenso. Siempre tuvo buena vista. Todo eso a él le parece tontería. El riesgo, el esfuerzo, la fatiga. Por un bocadillo. No niega que desde allá arriba la vista ha de ser portentosa. Pero él mismo, ahora, si se asoma un poco al barranco puede disfrutar de un panorama espléndido. ¿A qué exponerse? ¿Por qué aventurarse? El escalador desciende casi al mismo ritmo que el sol. Ya está en la base. Se quita el casco, se cambia de zapatos, se libera del arnés, guarda todo en la mochila. El escalador se cruza con el paisano camino abajo y se dan las buenas tardes. El paisano no ha visto jamás semejante sonrisa. ¿Felicidad, realización, trabajo bien hecho? Y solo entonces repara en su cartera de cuero colmada de sobres. Abandonada sobre la hierba bajo un cielo levemente crepuscular a esa hora del día.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Imagen: Tekkoontan

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) –finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997– y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado en ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). (+ info).

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