Por el día, gurú; ya de noche ejercía de coach en un céntrico hotel de la capital. Allí se conocieron. Allí le diagnosticó mal de confianza en sí. Allí le recetó el viaje a pie que ahora cubría a través de aquella estepa inhóspita rumbo a la ruinas del remoto –y se cree, inexistente– templo de Buddhi, el dios hinduista de la sabiduría. «Sigue el latido de tu corazón. Una vez llegues, vuelve y cuéntame lo que has visto». De madrugada, bajo la débil luna, aterido y demacrado por el hambre, la sed y la inclemencia de los elementos, le pareció ver algo que rompía la inalterable geometría del horizonte. Al alba, supo que era un torreón. Ya casi vencido, reptando, alcanzó la atalaya, y nada más rozar sus paredes se vio impelido a descender por un túnel oscuro por el que estuvo cayendo no sabe si horas o semanas hasta dar con sus huesos en un campo de adormideras malva. Allí, ante él, tres muros. En cada muro, una sentencia:

«El tipo más feliz del mundo no es consciente de su desgracia»

«El hombre que todo lo ve es incapaz de contemplarse a sí mismo»

«Aquel que todo lo sabe desconoce su ignorancia»

Bajo cada pared, la figura de un faquir. Ausente. Inmóvil. Inmutable.

Esto vio y esto contó a su regreso Ayose José González Fariña a su coach en la sala acondicionada del hotel, una vez logró reponerse de los múltiples males físicos y mentales causados por la expedición. «¿Eso viste?». «Sí, una frase en cada muro». Entonces vio aparecer a tres hombres con turbantes que habían permanecido agazapados tras la pantalla que solía usar el coach para sus presentaciones. «Y lo faquires, ¿eran como éstos?», preguntó el maestro. «Sí, como esos, si no son esos mismos», respondió. «Claro que son esos mismos, y lo son porque nunca has salido de aquí. ¿Ves? Ese es el poder de la mente, de la tuya también. ¿Eres más feliz ahora, más clarividente, más sabio?», inquirió el coach. «No, más bien, y perdone que se lo diga a las bravas, me siento más lerdo y confuso que antes», replicó el pupilo.

Y entonces el coach, sin alterarse, le recetó una peregrinación a pie al aun más remoto –y se cree, jamás levantado– templo de Anulap, el dios micronesio de la sabiduría allá por las islas de Truk.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Manuel M. Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas ‘Tres en raya’ (1998, Alba Editorial) –finalista del Premio Internacional Alba/Editorial Prensa Canaria, 1997– y ‘Evanescencia’ (Mercurio Editorial, 2017), así como las plaquettes de microrrelatos ‘El líder de las alcantarillas’ (Amazon, 2016) y ‘Cuentos mínimos’ (Mercurio Editorial, 2017), además de poesía y narrativa recogida en su blog mmeida.com, redes sociales, revistas y periódicos. De 2004 a 2014 mantuvo el blog mangaverdes.es, con el que cosechó seis premios internacionales, entre ellos al Mejor Comunicador en Internet (Asociación de Usuarios de Internet, 2010). Como periodista ha trabajado en ‘La Gaceta de Las Palmas’, ‘La Provincia’, revista ‘Anarda’, ‘La Tribuna de Canarias’, ‘El Mundo/La Gaceta de Canarias’ o ‘Canarias7’, ejerciendo en los tres últimos el puesto de subdirector. Ha publicado dos trabajos discográficos como cantautor, ‘Nueva semilla’ (Diva Records, 1990) y ‘En movimiento’ (Chistera, 1992). (+ info).

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