Un egoloquio es un ser diminuto, no tanto en cuerpo como en espíritu. A base de no usarla, ha perdido la capacidad de oír y, con ella, aquel órgano vestigial que sus ascendientes llamaban oído. Por contra, ha desarrollado un impresionante aparato fonador, tanto en complejidad, como en alcance. Sus cuerdas vocales sobrepasan de media los cinco centímetros de longitud, lo que ha obligado a su laringe a ensancharse hasta lo grotesco, mientras que labios y lengua se proyectan hacia el exterior como si de picos de ave se tratara. Los egoloquios cultivan una intensa y rica vida social. Se reúnen en grupos, se citan con amigos, acuden a fiestas, exposiciones, charlas, jornadas, conferencias y no paran de hablar. Hablar, junto con la respiración y el alimento, resulta esencial para su existencia. Si dos egoloquios se encuentran, se saludan y se ponen a platicar de sus cosas. Cada uno de las suyas, al mismo tiempo. Como no escuchan, no se interrumpen. Tampoco discuten. Ni ven cuestionadas sus convicciones. Son inmunes a la decepción, la rectificación, la controversia, la sugerencia, la aclaración, el consejo, la advertencia y la censura. El egoloquio y la egoloquia viven en mundos autárquicos, de suficiencia individual. Cuando regresan a sus casas, hablan a su pareja durante la cena, les cuentan cómo les ha ido el día, sus encuentros, dificultades, éxitos y fracasos, anhelos, proyectos y otros muchos de esos asuntos de los que suelen hablar las parejas. Cada uno cuenta lo suyo, al unísono. Al terminar, se sientan frente a la tele y hablan al tiempo que disfrutan de los muchos programas en los que otros egoloquios y egoloquias parlotean sin cesar. Luego se acuestan. Y en sueños también hablan. Mucho. Demasiado. Es una cuestión fisiológica. No pueden dejar de hablar.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

Imagen: Dialogue of the deaf, escultura de Isabel Miramontes

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