Ycuando volvió el rostro, entre el humo y las llamas, halló en su huida el cuerpo inerte de su mejor amigo. Aquello era un amasijo de escombros, los techos se derrumbaban a cada paso, los cascotes volaban por todos lados y él, con un herida en la pierna que no se había atrevido siquiera a mirar, avanzaba penosamente por aquel infierno soportando en sus brazos la agonía de Martínez. La explosión los había cogido a todos por sorpresa y a él lo había catapultado diez metros más allá de donde se hallaba. Había chocado contra un muro y un dolor lacerante le impedía mover el tobillo. A su lado, Martínez pedía ayuda. El mismo Martínez que minutos antes lo había amenazado con el despido. El único tipo al que odiaba en este mundo, o al que más odiaba, cuanto menos. ¿Qué hacer? No lo dudó. Se levantó como pudo y realizando un esfuerzo descomunal tomó la maltrecha figura del encargado en sus brazos y se echó a andar, cojeando, arrastrando su dolorida pierna, hacia la salida, si es que quedaba algo parecido a una salida en aquel agujero devastado. Entonces escuchó otro gemido. Miró atrás. Y ahora se veía con Martínez en brazos y su amigo del alma malherido en el suelo, entre hierros retorcidos y columnas derruidas. ¿Qué hacer? No podría con los dos. Era imposible. Casi no podía con el que acarreaba, casi no podía consigo mismo. La elección parecía fácil, instintiva. Abandonar a Martínez. Pero dejarlo así, allí, sería un crimen. Por contra, no socorrer a su amigo era algo que jamás se podría perdonar. No halló respuesta a su dilema. Se dejó vencer por la duda y la impotencia. El fuego los envolvió. Sus compañeros murieron de desamparo y él murió de indecisión. Pero sin cargo de conciencia.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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