Él era un chico corto. Ella, una chica corta. Sus mensajes eran cortos. Sus conversaciones, cortas. Sus besos, cortos también. Sólo veían cortos en cortos encuentros a media tarde en pantalón corto, cortos cortantes en cortas sesiones con frecuentes cortes de publicidad. Sus polvos no eran co(i)tos, eran, evidentemente, co(r)tos. Amor a corto plazo. Sueños de cortos vuelos. Expectativas de cortas miras. Ella, de vista corta. Él, de oído corto. Pareja de corto carisma, siempre cortada en fiestas de sociedad. Era un romance corto de muy corto recorrido. Era una historia tan corta que no podía durar. Ni cortos ni perezosos improvisaron una mañana la despedida. Corto, dijo cortante el menos corto de ambos. Cortaron por lo sano, sin rubor ni corte, sin más. Y, desdiciendo a Neruda, debo testimoniar que no escribieron los versos más tristes esa noche.

Pues si corto fue el amor,
más corto fue el olvido.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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