El Manifiesto Ñ – Capítulo III (fragmento)

El Manifiesto Ñ

No se le estaba dando bien la mañana y sopesaba la idea de retirarse, a pesar de lo tentadora que resultaba aquella aglomeración. Pero se había fijado en una niña mona que se encontraba sentada en una de las butacas del local, esperando su turno para acceder a uno de los mostradores. La chica parecía inquieta y en su agitación había colocado imprudentemente su bolso en el suelo, a la izquierda de sus pies, sin advertir la presencia de Nemesio, que ya se había situado a su lado. El Corto disimulaba mirando hacia todas partes, cerciorándose también de que nadie lo vigilaba e intentando pasar lo más desapercibido posible, cuando en uno de sus ojeos descubrió en la cola a un personaje un tanto estrambótico, traje gris arrugado y destartalado, pañuelo alborotado sobresaliendo del bolsillo pectoral, alguna mancha como de mostaza evidente en la camisa, mejillas sonrosadas, cabello escaso y descuidado… pero, eso sí, con aires de señor. Aquel patético pisaverde lo miraba fijamente y, en un primer momento, desconcertado, llegó a pensar que podría tratarse de algún policía de paisano o de algún miembro de seguridad de incógnito de la propia oficina. Sin embargo, desechó esa idea de su mente en cuanto acabó de examinar su indumentaria y lo miró a los ojos. Había algo de locura o de insensatez en ellos. Enseguida se dio cuenta, con ese sexto sentido que tenían los del gremio para estas cosas, de que estaba ante su próxima víctima. En ese momento se produjeron dos hechos casi simultáneos, la chica cogió su bolso para sacar un folleto, y el hombre de la cola le sonrió afablemente. Nemesio lo imitó un tanto desconcertado, a la par que daba por concluido el acoso a la joven. No podía ser tan fácil, se dijo. Esperó tranquilamente a que el sujeto fuese atendido por los funcionarios, poniendo a trabajar todas sus neuronas para encontrar algún argumento válido que le sirviese de reclamo en la maniobra de aproximación que estaba a punto de iniciar. Estaba en blanco, aquello lo había cogido desprevenido y sentía que algo no encajaba. En cuanto el del traje se levantó de la silla, Nemesio salió disparado a su encuentro. Ya está, pensó en el último segundo, le diré que pertenezco a una oenegé, después ya veré qué se me ocurre. Estaba a punto de abordarlo cuando, de repente, el hombre abrió los brazos y se dirigió hacia él dispuesto a inmovilizarlo. Había caído en la trampa. Sus facultades se habían atrofiado y no se había percatado de nada. Aquel sujeto era policía y lo había cazado como a un auténtico idiota. Las imágenes y los reproches se sucedieron en su cabeza. Joder, lo que se van a reír otra vez Chano y su cuadrilla, pensó. Y Saro, ¡mierda! Entonces, escuchó aquel nombre:

—¡Juanito!

¿Juanito?, se cuestionó a sí mismo Nemesio, descompuesto. ¿Quién coño es Juanito?

—¡Juanito, joder! ¡Cuánto tiempo! ¿Pero qué haces por aquí, hombre? —Preguntó el individuo en un tono de franca camaradería.

Y Nemesio-Juanito suspiró, porque en ese instante comprendió que no se trataba de ningún agente, que sus facultades permanecían intactas y que, definitivamente, no se había equivocado al poner sus ojos en aquel tipo tan estrafalario.