Evanescencia – Capítulo 22

Evanescencia

 

Lo primero que eché en falta fueron objetos prescindibles, trastos inútiles que había ido acumulando durante años sin saber muy bien por qué. Recuerdo la enorme caja del desván, allí, abierta y vacía ante mis ojos, sin el menor rastro del viejo candado que pretendía recuperar ni del resto de los tesoros que almacenaba, tuercas ya sabes por si el día que menos te lo esperas, trozos de madera y corcho para cursos de bricolaje que no comencé, algún teclado de ordenador y varios ratones desfasados, cables y transformadores, pilas semiagotadas, móviles trasnochados, auriculares averiados; en fin, todas esas cosas sin valor presente que vamos depositando aquí y allá por la posibilidad de un valor futuro o por el recuerdo de un valor pretérito: carpetas rotas, carnés caducos, llaveros oxidados.

Luego igual, caja tras caja de cartón, metal o madera, desgastadas, mohosas, astilladas o desvencijadas; gavetas, armarios, rincones, estantes. Nada por aquí, nada por allá. Mi reserva de cachivaches se había esfumado como por arte de magia. Era como si el espíritu de la limpieza profunda hubiese barrido la casa, librándome de todos aquellos efectos que, sí, a la larga y sumados a los que probablemente estaban por venir, podrían acabar convirtiéndome en un Diógenes cualquiera, de los muchos que proliferaban en esa ahora ya extinta era de consumo y acumulación. Pero yo estaba seguro de no haber barrido, limpiado u ordenado nada esa semana, y en mi casa sólo barría, limpiaba y ordenaba yo. Eso sí, cuando lo hacía.

No lo comenté con nadie, por lo fútil de los elementos y por lo irrisorio de la situación, pero no paraba de darle vueltas a aquel inquietante prodigio. Cada mañana al salir de casa aseguraba bien puertas y ventanas, revisando detenidamente cada habitación al regresar. Incluso llegué a descargarme una aplicación, una interfaz de webcam remota, con la que podía controlar a través del móvil, desde el trabajo o desde donde fuera que tuviese cobertura, la puerta de entrada y la sala de estar. Vivía en un sexto piso, por lo que las ventanas, en principio, no me parecieron un problema.

Entonces le llegó el turno al formidable mechero Zippo que había adquirido años atrás en una tienda para coleccionistas, una maravilla color acero de edición limitada rematada con una impresionante calavera gótica en tres dimensiones. No lo había usado jamás, pero me gustaba contemplar su elegante figura entre los libros apilados en la estantería del salón. No sé, aquel ingenio de metal le daba un aire arcano a la estancia. Reconozco que fue un capricho, una compra compulsiva de casi doscientos euros en uno de esos frecuentes períodos en los que andaba a dos velas. Pero desde que lo vi en aquel escaparate decidí que sería para mí. Era un enorme encendedor de unos veinte centímetros de alto, especial para velas. Yo, en realidad, no usaba velas. Y ni siquiera fumaba.

La cámara no había detectado ningún movimiento o presencia extraña, y era imposible que el mechero hubiese desaparecido por sí solo, así que pensé en la posibilidad de que alguno de los pocos amigos que me visitaban estuviese gastándome una broma, primero con la quincalla y ahora con el encendedor. Busqué por todos lados, en recovecos inverosímiles e incluso en aquellos expoliados repositorios del trastero en los que sabía que no lo iba a encontrar. Todo esfuerzo fue en vano. Llamé a los dos últimos colegas con los que había cenado en casa y negaron siquiera haberse percatado de su existencia. «Sí, hombre, el que tenía entre los libros». «Ni idea». Uno de ellos me preguntó a mí, a su vez, si había visto su pluma estilográfica, carísima me dijo, la que lucía en un extremo de la mesa de su despacho. «La verdad es que hace tiempo que ni la tocaba —admitió–, pero joder, era preciosa».

¿Un robo? ¿Quién demonios iba a exponerse a una condena por hurto y allanamiento de morada para llevarse un Zippo o un cochambroso repertorio de fruslerías? Menuda bobada. Si lo tuviesen que condenar por algo, debería ser por idiota. Y si así fuera, ¿por qué no había rastro, camas deshechas, armarios revueltos, cajones trastocados?, ¿cómo es que la cámara no lo detectaba? ¿Un profesional? ¿Animales? ¿Ratones, hormigas, cuervos, ardillas? Intenté aliviar mi frustración buscando el mismo modelo de encendedor o alguno similar en Internet, pero esto no hizo más que incrementar mi desconsuelo, pues descubrí que decenas de tiendas online ofrecían exactamente el mismo mechero, pero a la mitad del precio que yo había pagado por él. Siempre lo tuve por una pieza rara, única y carísima. Me equivoqué. Cerré con rabia el navegador y me dispuse a olvidar, igual estaba siendo víctima de uno de esos extraños sucesos domésticos que los parapsicólogos llamaban jott, por just one of those things, recuerdo haber sopesado irónicamente, y el aparato acabaría apareciendo del mismo modo en que se desvaneció.

El intento de olvidar quedó en eso, porque la realidad era que el expolio iba en aumento. Pronto comencé a echar en falta utensilios de cocina tan originales como ineficaces, libros que no leía, discos que no escuchaba, juegos de mesa a los que nunca jugué, toallas raídas, chaquetas apolilladas. La cantidad y calidad de los objetos aumentaba al tiempo que su inutilidad se hacía cada vez más cuestionable. Incapaz de dar con una explicación razonable a tanto absurdo, comencé a dudar seriamente de mi integridad mental, de mi consciencia y de mi memoria. De las tres simultáneamente, por separado y en cualquier combinación. Ése fue el germen de la obsesión que ahora me domina: el recuerdo, la enumeración pormenorizada, el inventario mental de cuanto he ido perdiendo, el diálogo preciso, el ansia por el detalle. En un primer momento pensé que se trataba de una clara manifestación del leve trastorno obsesivo compulsivo que me habían diagnosticado años atrás, un claro repunte, pero pronto entendí que no, que en realidad era la única forma que tendría en adelante de luchar contra aquel delirio de ausencias, de intentar mantener indemnes, a través del recuerdo, los pilares de mi integridad. Seguía sin hablar del enigma con nadie, no quería convertirme en el tipo raro o en el hazmerreír de la empresa o del barrio, lo que no hacía más que agravar, por realimentación, mi creciente estado de ansiedad. ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Y, sobre todo, ¿por qué demonios me estaba ocurriendo a mí?

La necesidad de demostrarme que no estaba loco motivó que comenzara a fijarme en las redes sociales y noticias de sucesos, por ver si daba con algún caso similar que pudiese proporcionarme alguna pista. El primer día, nada, apenas si vi algo remotamente parecido, pero poco a poco los mensajes y las informaciones sobre «insólitos hurtos» comenzaron a copar muros y titulares. Al cuarto día, los «casos» pasaron a adquirir la consideración de «epidemia». Y al quinto ya no se hablaba de otra cosa. En los medios, en Internet, pero también en las familias, entre amigos o compañeros de trabajo. Entonces supe que no estaba chiflado, que era una víctima más entre miles, ¿millones?, de aquel extraño suceso, y pude al fin compartir mis cuitas. En realidad, el alivio duró poco, pues si bien es cierto que ya no tenía que temer por mi cordura ni soportar aquella perturbadora incertidumbre en soledad, sentirme objeto de una ofensiva global de naturaleza y objetivos tan inciertos como aquella acabó por disparar en mí otros temores. El botín era siempre el mismo, objetos inservibles, en desuso u olvidados, primero, y decorativos, a continuación, siempre en ese orden de progresión. Por lo que podíamos leer, escuchar y por nuestra propia experiencia, llegamos a la conclusión de que la perturbación afectaba a cualquier objeto que careciera de utilidad práctica para su propietario. «Oleada de robos», proclamaban unos medios; «Extraños saqueos», aventuraban otros; «Cruzada anónima contra el consumismo», «Masiva volatilización»…

Habían pasado nueve días desde que noté la primera anomalía cuando irrumpió en mi mesa una compañera de oficina. Traía una noticia impresa en un folio. Daba señales de una gran excitación y en su cara rígida y morada se dibujaban pequeñas venas. «¿Lo has visto?». «¿Visto qué?». «¡Acaba de salir, esto va a más! ¡Mira!», me exhortó, situando el artículo a unos centímetros de mi cara.

«Urgente. Desaparecen las joyas. Todas las joyas. Alhajas y bisutería. Nuestros corresponsales confirman que, al igual que en episodios anteriores, estamos ante un fenómeno global. Hay constancia de casos similares en varios estados de Norteamérica, capitales de Asia Oriental y extensas áreas de Europa. Habrá ampliación».

¿Las joyas? Instintivamente eché un vistazo a mi mano derecha. Y, efectivamente, de ella había volado mi hermoso anillo de plata. Todo lo demás seguía allí, los dedos con sus uñas, la piel, las venas, las arrugas. «A mí me faltan el collar, los pendientes, la pulsera, vamos, lo que me puse esta mañana», me dijo casi entre sollozos, «y mi madre acaba de llamar para contarme que alguien le ha vaciado sus estuches y cofrecillos, ¡todo! ¡Esto es de locos!».

Eran casi las tres de la tarde, así que me despedí apresuradamente y corrí a mi apartamento. Tenía que explorar en toda su dimensión la vuelta de tuerca que acababa de experimentar aquel «fenómeno». Siguiendo el protocolo que había adoptado en los últimos días, encendí la tele y el ordenador, con el móvil siempre a mano. Los informativos no paraban de vomitar últimas horas; en los foros, blogs y redes el tema estrella seguía siendo aquel singular prodigio. Pero ahora había más, según mis contactos: relojes, bolsos, complementos. No todos al parecer; en aquel momento, sólo los productos de moda y diseño de lujo de las marcas más distinguidas. Ya fuese en Twitter, en Facebook o en cualquiera de las otras plataformas que frecuentaba, los usuarios no paraban de reproducir mensajes anclados a una etiqueta: #Evanescencia, #Evanescence, #Verflüchtigung, #Evanescenza. El mal tenía ya nombre oficial y, como en los primeros casos, se propagaba por todos los rincones del planeta.