Cada madrugada recibía el mismo wasap. A la misma hora. Un mensaje extenso de un admirador anónimo que decía amarla profundamente. Un mensaje que le regalaba los oídos, la atraía profundamente, le prometía una entrega y una felicidad infinitas. Un mensaje que la hipnotizaba. Un mensaje que acababa siempre igual: «Si alguna vez te decides, puedes encontrarme en la calle de Los Laureles esquina Perera». Nunca una foto, un nombre, una referencia. Un mensaje que había aprendido a esperar cada noche, en camisón, como una adolescente, nerviosa, apoyada en la almohada, sentada en la cama que compartía con el hombre gris y ausente con quien convivía desde hacía ya más de veinte años. Nunca respondía. Se limitaba a leerlo y borrarlo apresuradamente después. No fue la primera vez ni la segunda. Pasaron días, semanas antes de que una vocecita de mujer atrevida, de hembra valiente, comenzara a susurrar en su cabecita «¿Y por qué no?». ¿Y por qué no? ¿Y por qué no?, comenzó a repetirse ella misma. Mil y una veces al día. ¿Y por qué no? Ese martes se despidió de su esposo y de los niños, como tantas otras veces, para acudir al trabajo. A eso de las once pidió permiso para ir al banco a arreglar unos papeles. Calle de Los Laureles. Esquina Perera. Se extrañó. Disimuló unos minutos haciendo como que miraba el escaparate. Finalmente se decidió. Entró. Allí todo eran mujeres. Sólo un hombre. Al final del pasillo. Detrás de un mostrador. Pensó en darse la vuelta y regresar al bufete. Olvidarse de la voz, del hombre y del mensaje. Pero no había dado ese paso, no había llegado hasta allí para ahora retractarse. El hombre no era guapo, ni siquiera atractivo. Tampoco desagradable. Demasiado niño, quizá. Se acercó. «Buenos días». «Buenos días». «¿Eres tú el del mensaje?» «No», respondió el joven amablemente. «La promoción del wasap es en la planta de arriba».

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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