¿Qué clase de humorista era él, que se bloqueaba al primer signo de indiferencia? ¿Qué artista pretendía ser si se achicaba en cuanto percibía un atisbo de frialdad entre el público? ¿A qué podía aspirar si se arredraba con la primera mueca de hastío, fastidio o hostilidad?

El humorista se hizo instalar en la amplia pared de su garaje un mural de cuatro por tres que lo enfrentaba a un auditorio mohíno: señoras de caras largas, caballeros tristes distraídos, jóvenes ensimismados en sus móviles y en sus bostezos, ancianos y ancianas dormidos o medio dormidos… Dieciocho horas al día. Frente a frente con su pesadilla. Ése era el reto. Si lograba acabar un monólogo ante aquella adversa audiencia, qué duda cabe de que habría vencido a sus miedos, de que al fin podría encarar con éxito, sin lastre, su destino. Sería el mejor y más grande cómico sobre la faz de la Tierra, el mayor actor que jamás se hubiese visto. El humorista se esforzaba. Al principio apenas si era capaz de encadenar dos frases seguidas antes de claudicar presa del pánico. Al poco logró acabar algún chiste. Tiempo después ya era capaz de encadenar tres o cuatro. Y así, avanzando lentamente, con caídas y recaídas; pero siempre constante, dejándose la piel, el sudor, la salud en aquel garaje oscuro y decadente tan solo iluminado por la potente luz de dos focos dirigidos hacia el público. Hasta que un día logró concluir su primer sketch. Y a ese sketch siguió otro, y otro. Entonces le pareció ver que una mujer de negro se interesaba. Pasadas diez actuaciones, ya eran la mujer y varios de los ancianos. Días después, los jóvenes habían dejado de jugar con sus móviles. En una semana ya le aplaudían. A las dos semanas aquel díscolo público del mural lo ovacionaba. Al mes enloquecía. Le aplaudían al salir, se carcajeaban incluso cuando hablaba en serio, lo interrumpían con piropos, y al concluir lo vitoreaban. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Ya casi no salía, no comía ni dormía. Se debía a su público, y su público lo adoraba. Y allí quedó. Sin angustias, sin miedos. Aclamado, querido, triunfante en aquel garaje-escenario. ¿Podía acaso el mundo ahí afuera depararle algo mejor?

Encuentran el cadáver de Mr. Je en el garaje de su casa con evidentes síntomas de inanición. El cuerpo, en actitud de reverencia, postrado frente a la gigantesca imagen de un teatro a rebosar con el público en pie, enardecido.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

2 Comentarios

  1. Hola Manuel !! Se te extrañaba y mucho!!
    Una genialidad de microrrelato. Me ha encantado. Fantásico!!
    Y te ha quedado muy bien el nuevo diseño del blog. Me gusta!!
    Te dejo un afectuoso saludo y espero que tus ocupaciones te permitan no ausentarte tanto del Blog y las redes. Que como ya te dije: Se te extraña!!!
    Lau.

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