Si no querían morir, debían sacrificar a una doncella. Así lo había impuesto el dragón. Una cada luna llena. Ella estaba allí, en pie, erguida sobre la roca de las ofrendas, recortada su figura en silueta contra el lienzo globular, pelo al viento, desnuda. El dragón avanzó sigiloso hasta que estuvo frente a la mujer. Entonces se detuvo. Reprimió una llamarada y se quedó mirándola absorto. La joven bostezó, visiblemente desinteresada. El dragón seguía sin reaccionar. Ella comenzó a repasarse las uñas. Hacía frío. El dragón volvió la vista hacia el escritor. Lo mismo hizo la doncella. Bella y bestia arquearon las cejas en un gesto expectante no exento de irritación. Eso bastó para que el escritor entendiese que el cuento se le había ido a la mierda.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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