Sabíamos que estaba ahí porque lo llamábamos por su nombre y él respondía. Por lo demás, nadie notaba su presencia. Llegaba, se sentaba a poca distancia de nosotros, dejaba su mochila en el suelo, sacaba un bocadillo, fijaba la mirada en algún punto impreciso del parque y se pasaba las horas absorto mirando al frente, casi sin pestañear. Luego, cuando nos íbamos, él también se retiraba. Cada tarde, todos los días. A veces, intentábamos integrarlo en la pandilla, y lo invitábamos a jugar a esto o lo otro, pero él se limitaba a negar con la cabeza. No se inmutaba. Por eso, para nosotros jugar al amigo invisible consistía en sentarnos a su lado, sobre el mismo borde del parterre que ocupaba, mirar al frente a ningún sitio y permanecer así hasta que nos cansábamos o alguno decía alguna barbaridad y nos entraba la risa. Años después, supe que se había hecho escultor y que había alcanzado una notable popularidad gracias a una figura de vidrio y metacrilato que había erigido en nuestro viejo parque, justo enfrente, a unos cincuenta o sesenta metros, del parterre junto al que se reunía la pandilla. La admiración por su obra provenía no sólo de la pulcritud y exquisita técnica que reflejaba, tampoco de la prodigiosa figura de mujer poliédrica y cristalina; sino del hecho de que aquella fuera su única creación, pero una creación viva, en continua transformación. Todas las tardes, cada día, mi amigo trabajaba en ella. De forma obsesiva, como atrapado por algún hechizo que lo obligase a perfeccionarla. Hasta que una noche, de improviso, desaparecieron los dos: el hombre y la mujer, el artista y su obra. Entonces entendí que era esa mujer transparente e inacabada, esa mujer igual de invisible y ausente, lo que mi amigo veía de niños cada tarde en el parque. Y que, de algún modo, había logrado al fin darle forma. Una mujer imposible que ninguno de nosotros jamás fuimos capaces de ver, pero que sin duda alguna a él le había arrebatado el alma.

Un saludo,
Manuel M. Almeida

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