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on Eufemio se acercó al inmenso ventanal del despacho desde el cual regía los asuntos del Ayuntamiento. Había convocado a su gabinete y todos los presentes seguían con atención sus evoluciones por la habitación, a la espera de que tuviese a bien dar por iniciada la junta. Más allá del cristal, la ciudad se perdía bajo la tormenta, sepultada bajo el denso aguacero y una espesa niebla que diluían el espectacular paisaje del que, por lo general, podía disfrutarse desde aquella noble atalaya.

– ¡Magnífico día! –exclamó el alcalde, dando media vuelta en dirección a la mesa de reunión.

– ¡Muy magnífico! –corroboró el concejal de Urbanismo y Medio Ambiente, en pie, como el resto, respetando solemnemente el protocolo que otorgaba a don Eufemio el derecho a ocupar antes que nadie su sillón.

– Y bien –comenzó el alcalde, ¿qué dicen los informes?

– ¿Los informes? Los informes, pues siempre lo mismo, que si patatín, que si patatán, que si la ley tal impide cual, que si hay que tener cuidado con esto, que no sé qué punto contraviene no sé qué directiva… En fin, alcalde, ya sabes cómo son los técnicos. Nada que nos deba preocupar.

El concejal mostraba síntomas de una incipiente tiritona. Iba en camisa, como todos. Como todos, se había aflojado la corbata y había dejado la chaqueta colgada en el espaldar de la silla, imitando la iniciativa de su jefe. El día era gris, pero también frío, y en la sala permanecía apagada la calefacción.

– ¿Estás enfermo, concejal? –espetó el alcalde–. No me irás a decir que tienes frío con el tiempo que hace.

– En absoluto, alcalde. Faltaría más. Debe de ser cosa de la emoción. Éste es el proyecto estrella de nuestro mandato y, si quieres que te sea sincero, me tiene entusiasmado.

Jefe de gabinete, tesorero, letrado, director de comunicación y dos asesores observaban al concejal con cierto aire de desconfianza. Un ligero temblor, un mínimo escalofrío, una incipiente tiritona como aquella bien podía ser interpretada como una traición. Si el alcalde decía que hacía buen tiempo, hacía buen tiempo, y punto. Sólo un renegado, un demagogo o un miserable opositor podría cuestionar tan inobjetable evidencia.

– Bueno, centrémonos en lo que nos ocupa –ordenó don Eufemio–. ¿Entonces está maduro como para llevarlo al Pleno?

– ¿Maduro? Madurísimo, alcalde. ¡Muy, muy maduro! –confirmó el concejal, intentando desentenderse de aquellas siniestras miradas. Debía de ser cierto que hacía calor, pensó. De hecho, ya sudaba–. Contempla tú mismo el plano definitivo.

El concejal extendió sobre la mesa el amplio documento. En él podía observarse un descomunal trazado de bloques que, partiendo de cada uno de los lados en todo su perímetro, alcanzaba casi hasta el centro del diagrama. En su contorno podían observarse raquíticos trazos verdes, como hebras de moho en una acera empapada. Algo similar, aunque menos escuálido, aparecía en ese minúsculo espacio que quedaba libre en el centro. De un verde un poco más poblado e intenso, redondo y fractal como un brócoli.

– ¿Esa mancha de ahí es la reserva? –quiso saber el alcalde.

– Sí, sí, eso es –notificó el concejal.

– ¿Qué es, un matojo, un brote?

– La Sumisa escasa, la joya de la corona. Autóctona, endémica y en vías de extinción –informó el concejal–. ¡Pues no nos ha costado nada salvar este ejemplar! Los del hotel querían poner una palmera.

– ¡Qué victoria, qué valentía, qué coraje en la defensa del interés general! –proclamó don Eufemio, visiblemente emocionado–. Luego dirán… ¡En fin! Se ve peciosa, ¿no? ¡Qué maravilla!

– ¡Preciosa! –secundó cada uno de los miembros del gabinete en un impostado tutti coral–.

– Pues no se hable más. ¡Eufrasio! –dijo, dirigiéndose al jefe de gabinete–, quiero reunirme de aquí al jueves con colectivos sociales, sindicatos y empresarios. ¡Eulogio! –profirió, señalando con el dedo al director de comunicación–, comencemos a mover el asunto en los medios y redes sociales. Y que quede bien claro, no vamos a autorizar la construcción de un complejo hotelero en plena reserva natural, ¡vamos a acometer un plan medioambiental de protección de la Sumisa escasa, pionero a escala internacional, a través de una promoción social de turismo sostenible! No quiero ni oír hablar de zarandajas como pelotazo o especulación. ¡Inversión y empleo! ¡Interés común! ¡Defensa de nuestra riqueza natural! ¿Queda claro?

– ¡Muy claro!

– ¡Ah, días como éste son los que le levantan a uno el ánimo! –observó don Eufemio, retornando serenamente al inmenso ventanal–. ¡Ese sol radiante!, ¡esa luz intensa! ¿No es magnífico?

«Magnífico clima en pleno diciembre», «El Ayuntamiento blinda la reserva gracias a un pionero plan medioambiental», «Encuesta: Eufemio Falacias, al borde de revalidar su mayoría absoluta».

Imagen: ‘Portrait of Lord George Graham in his saloon’ (William Hogarth)

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