E

l hombre que se disponía a saltar desde el puente, contemplaba su reflejo sobre la superficie del agua. La quietud del río a esa hora de la madrugada contrastaba con la tempestad que devastaba su espíritu. Imaginó que aquel reflejo era otro ser, otra versión de sí mismo. No había nada en su aspecto que denotara conflicto, tan solo húmeda y titilante presencia. Por eso lo imaginó sereno, puede que incluso dichoso, aun a sabiendas de que a los ojos les es imposible escrutar los intramuros del alma. Quizás aquel otro hombre que tanto se le parecía y que permanecía allí, expectante, anclado a la imperceptible corriente, fuese una expresión de su propia simetría; y en cuanto simétrico, opuesto, alejado de sus cuitas y sus demonios. Un otro yo feliz asomado al puente desde otra dimensión, desde un universo paralelo delimitado por las aguas. Una realidad alternativa en la que tal vez él no viviese angustiado, en la que su vida tuviese algún sentido, un propósito, en la que se sintiese querido y realizado. Un otro yo reconstruido y esperanzado. No le dio más vueltas, sus pensamientos no eran más que otra expresión de su mente torturada. El hombre que se disponía a saltar desde el puente al fin se dejó caer. De espaldas, brazos en cruz, como un ángel invertido. Entonces, como si al arrojarse al vacío hubiese accionado el mecanismo de una catapulta, la figura que permanecía en el agua saltó a su vez. En trayectoria inversa. Durante un microsegundo, ambos cuerpos se cruzaron en su antitética trayectoria a favor y en contra de la ley de la gravedad. El hombre que caía hacia abajo observó maravillado emerger sobre su cabeza el reflejo del hombre que caía hacia arriba. Finalmente impactó contra el río, al tiempo que su duplicado alcanzaba el pretil. El hombre del puente miró entonces hacia abajo y vio su reflejo sobre la superficie del agua. Imaginó que aquel reflejo era otro ser, otra versión de sí mismo. Una versión triste y desdichada. No recordaba cómo había llegado hasta allí, ni por qué contemplaba aquella lánguida versión de sí mismo. Alguien le gritó desde el interior de un coche detenido en medio de la calzada. No lo haga, no sea loco, o algo así. Al apartarse del borde, contempló cómo su reflejo se perdía en las aguas. Hizo una señal tranquilizadora al conductor y éste lo vio sonreír. Dedicó apenas un momento a recordar la imagen de aquel mustio reflejo hundiéndose en el río y, reconfortado, prosiguió su camino.

Imagen: 4ever.eu

2 comentarios Un hombre en un puente

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