"Por lo tanto, estamos perdidos: no existe esa libertad de información con la que soñábamos y el espionaje y la propaganda estatal son más fuertes que nunca. Parece que somos como la generación de los años sesenta, que creían que todo el que probase el ‘sexo, drogas y rock and roll’ jamás volvería a ser esclavo del sistema".

De este modo concluye el creador y periodista ruso Sergey Kuznetsov en Boing Boing ‘When Russians thought the Internet would make them free‘, su crónica del desengaño sobre Internet. Un texto, uno más de los muchos que proliferan desde hace un tiempo, marcado por el desencanto, por el hastío derivado de lo que él y otros muchos consideran la perversión de un invento llamado en principio a ser la mayor herramienta de libertad en la historia del ser humano.

Su análisis se centra en la Internet rusa, pero es fácilmente extrapolable a la Red global. De aquel canal universal, neutral, libre, democrático y directo que todos quisimos ver en la Web 2.0, auténtica alternativa al monopolio de la información ejercido desde el poder, a un medio que se mueve entre lo circense, la comercialidad más soez, el trolleo amateur y profesional, el espionaje y el control gubernamental con un único objetivo: precisamente el de abortar ese espíritu de libertad, independencia y disidencia.

No le falta razón, desde luego, ni a él ni a los muchos desencantados de Internet, al constatar esta realidad. Pero sí que hacen gala de una candidez y un derrotismo extremos. Candidez porque si alguien pensaba que una herramienta tan poderosa como ésta iba a pasar desapercibida y no iba a ser utilizada y manipulada por los grandes poderes era sencillamente un iluso. Y derrotismo porque aferrarse a los obstáculos y negar los profundos avances que ha provocado la Red es renunciar a la objetividad.

Educación, salud, relaciones sociales, política, periodismo, empresa, publicidad, literatura, música, arte, fotografía, activismo, juegos, trabajo, asociacianismo, ciencia, leyes… por citar sólo algunos, son ámbitos en los que las nuevas tecnologías, en general, e Internet, en particular, están provocando intensas transformaciones que no pueden considerarse otra cosa que revolucionarias. Porque si cada una de las partes cambia, tarde o temprano el todo acabará cambiando también.

Cierto es que tenemos los manejos de la NSA, ¿pero no tenemos también Wikileaks? Ésa es la gran virtud de Internet. Frente al ‘sexo, drogas y rock and roll’ de los sesenta, totalmente asimilado por el sistema –aunque no puede decirse que no introdujo importantes transformaciones–, el poder de Internet para el cambio revolucionario radica precisamente en la capacidad que nos otorga a cada uno de nosotros, nodos de una red infinita, para salvar los inevitables embates de los enemigos de la libertad y de aquellos que se aferran a los modelos del pasado.

Pero es nuestra responsabilidad. La de todos y cada uno de los que nos conectamos a la Red. Cada acción y cada opción que escogemos al navegar lleva a una dirección u a otra. Internet será lo que nosotros queramos o lo que otros quieran imponernos. Claro que estamos inmersos en una batalla y claro que todos jugamos nuestro papel. ¿Eres consciente de ello cada vez que haces click?

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