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levaba más de dos semanas esperando esa llamada. Montaba guardia cada día frente al teléfono en riguroso horario de oficina, conectada como un periférico más al viejo ordenador portátil que le había entregado en mano su último jefe. Así, mientras aguardaba, se entretenía navegando por redes sociales, foros y periódicos digitales. No le extrañó en absoluto que ese día tampoco pasara nada. Había cumplimentado la solicitud de empleo a través de Internet, como exigía la empresa de comida rápida a la que optaba, y ahora solamente debía permanecer pendiente de la comunicación que, en su caso, recibiría para conocer lugar, fecha y hora de la entrevista. Quizá mañana.

Acumulaba ya cuatro años en paro. Sus padres no habían podido pagarle estudios, y con su Bachiller de notable y su Selectividad de bien se había lanzado al mercado laboral, empujada por la necesidad, como quien se lanza en brazos de un río tempestuoso provista de manguitos, pero sin dominar el esencial arte de la brazada. Había pasado buena parte de su vida dando tumbos de aquí para allá, de un empleo a otro, de un local a otro, entre lo temporal y lo precario, la limosna y la tiranía, el macroesfuerzo y el minijob. Tuvo la fortuna de recalar como telefonista, largo tiempo después, en un periódico local. Allí rozó el estatus de mileurista, y a buen seguro lo habría alcanzado si no hubiese sido despedida nueve meses después merced al séptimo expediente de regulación de empleo ejecutado por la empresa en los últimos dos años. El finiquito fue consensuado. Se iría a la calle con el paro y un ordenador. Pese a que ha sido usted contratada por horas y, en verdad, no tiene derecho a indemnización, no crea que la voy a dejar marchar con las manos vacías, anunció el gerente, cariacontecido, descargando sobre sus manos un vetusto notebook. Le deseo toda la suerte del mundo.

Aylin Blanco estaba a pocas velas de superar la treintena y, en ese sentido, no se diferenciaba de otras muchas mujeres de su edad atrapadas en esa dimensión social paralela que llamamos desempleo. Lo que hacía a Aylin especial era su condición de invisible.

La invisibilidad le había alcanzado una tarde de otoño del año anterior, cuando su esperanza en hallar un trabajo digno se había evaporado. Seguía con nostalgia a través de la ventana las evoluciones de un ruidoso grupo de colegiales que pasaba por su acera de regreso a casa. Los saludó con una amplia sonrisa, pero ellos la ignoraron. Tuvo una idea súbita, una especie de revelación. Es como si fuese invisible, pensó, y efectivamente, al volver rauda la mirada hacia sus manos, vio que no estaban allí (no vio que estaban allí, si se prefiere). Tampoco sus pies, piernas, pecho, talle. La espalda, el cuello y la cabeza nunca se los había visto al natural, pero se dijo que no tenía por qué dudar de que hubiesen corrido la misma suerte que el resto del cuerpo. Intrigada, no alarmada, se acercó al cuarto de baño y se enfrentó al espejo. Nada. No estaba allí. (Estaba allí, pero no se veía). Me he vuelto transparente, admitió sin sobresaltos, rendida a la apatía. Volvió al salón, apagó el ordenador, se preparó la cena y se fue directamente a la cama.

Estrenó su nueva condición al día siguiente. Ese miércoles, como cada semana, le tocaba visitar a su padre en la residencia municipal donde se hallaba recluido por un mal incurable que le carcomía la memoria. Odiseo, el pobre viejo, parecía preso del mal del lotófago, condenado en efecto –al igual que el héroe mitológico del que sus progenitores habían tomado el nombre– a reinventar sus recuerdos cada dos por tres como poseído por la sabia de un loto neurodegenerador. Salió a la calle, tomó el metro, accedió a la institución, recorrió los pasillos y entró en la habitación del anciano sin que nadie se percatase de su presencia. Su padre tampoco la reconoció, pero a eso ya estaba acostumbrada.

Tampoco la sorprendió el hecho de que, a la vuelta, la cajera del minimercado que se hallaba a dos o tres manzanas de su casa no la saludara, y aun menos se extrañó de que le cobrara. Le pareció de lo más normal. Lo ilógico sería que viese un pan y un bote de leche en la cinta de transporte, y unas monedas sostenidas en el aire, dispuestas a pagar, y no las aceptara, se dijo. Ella está a lo que está, no tiene por qué perder el tiempo en según qué cosas.

Lejos de diluirse, su invisibilidad se fue consolidando. A medida que veía cómo se reducían las ofertas y las prestaciones, su imperceptibilidad se hacía más y más evidente. Ya no eran sólo los extraños o el padre amnésico. En los encuentros con las amigas, en la oficina del SEPE, en las reuniones de vecinos, en las asambleas, nadie reparaba en ella. Dejó de ir a la peluquería porque volvía a casa hecha un desastre. Pobres, es como peinar a ciegas, justificaba. En sus perfiles sociales era también como si no existiera, ni amigos ni seguidores ni me gusta ni comentarios, insultos ni respuestas. No se veía en las estadísticas, no se veía en las noticias, no se veía en la televisión, no se veía en las encuestas, no se veía en las tertulias, no se veía en los anuncios, no se veía en las promesas, no se veía en los discursos, no se veía en las leyes, no se veía en la justicia. Definitivamente, no estaba (o estaba, pero no se veía). Quiso someter aquel mágico don a una prueba de fuego. Durante días anduvo paseándose desnuda por el barrio. Abajo y arriba, calle a calle, andando, trotando, corriendo a toda velocidad. En las esquinas. En el parque. En medio del asfalto. Nada. Ni una mirada. No ya lasciva o burlona, curiosa siquiera.

Se tocaba la piel, y sentía como que podía hundir el dedo en su carne etérea. Percibía que era capaz de atravesar paredes y de traspasar techos y suelos, de acceder a los hogares de la vecindad como una brisa subrepticia, estando sin estar, viendo sin ser vista.

Unos días después del instante que da inicio a este relato, Aylin se hallaba en su cuarto, flotando muy cerca del techo –tal vez quitando telarañas, tal vez, simplemente, disfrutando de su existencia inmaterial–, cuando escuchó el timbre del teléfono. Descendió bruscamente y salió disparada hacia el salón. Descolgó el auricular y emitió un tímido, ¿Sí? ¿Aylin Blanco?, preguntó su interlocutor. Sí, yo. Le llamo para una entrevista.

Aylin sintió un júbilo inmenso, y continuó conversando con aquel individuo largo rato, precisando los detalles del encuentro. Casi ni se inmutó cuando sus ojos fueron a dar con la visión de su mano, nítida, asida al teléfono. Tengo que ir a la peluquería, dijo al colgar. Al pisar la acera, le pareció como que alguien la saludaba.

A los hombres y mujeres invisibles

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