Mariano Rajoy vive instalado en la ‘cosificación‘. Para el presidente todo es cosa, todo son cosas. ‘Cosa’ es el comodín que preside su discurso. Si la precisión es una de las características fundamentales del lenguaje, de cualquier lenguaje que pretenda comunicar con eficacia, lo de Rajoy es, de forma manifiesta, una renuncia abierta a esa pretensión. Es, más bien, un intento de subvertirla, de diluir en ella cualquier atisbo de transparencia.

Hace algo más de un mes, la escritora Emma Riverola recogía varias muestras de esta particularidad en su artículo ‘Las cosas de Rajoy‘:

  • “Cosas que generan malestar” [Sobre los factores del éxito de Podemos]
  • “Unas pocas cosas no son 46 millones de españoles” [Acerca de la corrupción su partido].
  • “No es cierto, salvo alguna cosa que han publicado los medios” [Negando los sobresueldos en el PP].
  • “Lo que está de moda son cosas de las que no habíamos oído hablar” [En torno a la economía].
  • “Porque hacen cosas”. [Por qué le gustan los catalanes].
  • “Detrás de los demagogos y populistas de todo signo hay millones de personas que no lo son, que quieren las cosas de los seres humanos normales”.

A las que yo incorporo algunas más recientes:

  • “Una cosa son los comentaristas y otra los que tienen que gobernar” [Sobre la presencia de candidatos en las tertulias de televisión].
  • “Cuando se vota otra cosa que no es el PP, se puede estar votando al PSOE” [Sobre el auge de Ciudadanos].
  • “España es un gran país que hace cosas importantes y tiene españoles” [España y los españoles].
  • “Tenemos cosas que cambiar y lo haremos” [En referencia a la pérdida de votos en las últimas elecciones].

El ‘cosismo‘ o abuso de la palabra ‘cosa’ es uno de las signos más habituales de pobreza o dejadez lingüística y, aunque se puede admitir su uso en determinados supuestos en los que, por lo general, emisor y receptor saben exactamente de qué se está hablando, es un vicio que se debe evitar.

Y de ‘cosismo’ hablaríamos si analizáramos otras áreas de expresión distintas a la comunicación política, pero en comunicación política nada es gratis, casi nada se debe al azar. El uso de la palabra ‘cosa’ en el discurso de Rajoy tiene una clara intención, un estudiado propósito de indeterminación en el objetivo de eludir llamar a las cosas por su nombre. Un escudo protector frente a la onda expansiva de su propia posición ideológica y de sus decisiones. Por eso prefiero hablar de ‘cosificación’ en lugar de ‘cosismo’, de intencionalidad en lugar de descuido o improvisación.

El discurso es fiel reflejo del pensamiento –”La palabra es el hombre mismo” (Octavio Paz)–, y quien llama ‘cosa’ a todo en aras de la confusión es muy probable que en el fondo mantenga la convicción de que todo y todos, en efecto, somos eso, cosas: los desahucios y los desahuciados, los recortes en sanidad y los enfermos, las agresiones a la educación pública y los profesores y estudiantes, las reformas laborales y los parados, los partidos opositores, la corrupción, los corruptos y aquellos que los toleran, las aspiraciones democráticas… Se dice ‘cosa’ y se evita entrar en detalles, determinar las dificultades, precisar los errores, enumerar soluciones, ver rostros, identificar dramas…

Se vive en un mundo paralelo custodiado por la palabra, que permite abstraerse de lo real y ejecutar los planes sin rendir cuentas a la conciencia, un mundo deshumanizado, una ideología de la cosa, del todo y de la nada, ambiguo y abstracto que se descompone como el diente de león al mínimo soplo de autenticidad. No es sólo el discurso el que está ‘cosificado’, es la política, las políticas, el mismo proyecto de sociedad. Los problemas son cosas, las personas puede que también.

Como el Mago de Oz, Rajoy creyó posible mantener su gobierno vendiendo su afán por mantener a raya a las brujas del Este y del Oeste, pertrechado en su Ciudad Esmeralda tras un discurso de humo y malos efectos de prestidigitación con los que ocultar su verdadero rostro. Pero, al igual que ocurría en el relato de Lyman Frank Baum, bastaba con tirar de una cuerdecita para que todo ese entramado de plasma, eufemismo y ‘cosificación’ se viniera abajo. Por eso su particular Mundo de Oz entra crisis, como cualquier mundo construido sobre la farsa y de espaldas a las expectativas ciudadanas.

Porque un discurso ‘cosificado’ puede ser muy útil en tiempos de adormecimiento general, pero resulta manifiestamente contraproducente en los tiempos que corren. Resulta ofensivo, denota ambigüedad, opacidad e improvisación, es un discurso sin capacidad para seducir, convencer, esperanzar e influir. Un discurso, en definitiva, llamado al fracaso porque, además, aun siendo premeditado, transmite escasa altura intelectual, lo que en el caso del máximo dirigente de un país resulta ciertamente preocupante.

No presten atención al hombre detrás de la cortina verde” –suplicaba el mago de Oz tras ser descubierto.

¿Pero cómo no prestar atención al hombre que tiene en sus manos el destino del país? No el reflejo que nos quiere mostrar a través de su discurso, sino el hombre parapetado tras él, el que gobierna, ordena y manda, el auténtico. El hombre que a fuerza de ‘cosificarlo’ todo ha terminado por convertirse él mismo en cosa para el resto de los habitantes de este para nada maravilloso reino. En un ser indefinido, engañoso, apocado, opaco y gris. Esa cosa detrás de la cortina verde.

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